20-LA
INDIA CAMINABA EN BUSCA DE UN LUGAR DONDE MORIR
Hacía dos días la india caminaba
en busca de un lugar seco y seguro donde
morir. Buscando bejucos para amarrar las cargas se alejó del caserío más de lo
que solía. Encontró lo que buscaba en el límite donde los hombres estaban
desbrozando la selva: en la copa de los grandes árboles caídos, varas y varas
de bejucos, brazadas de lianas gruesas y resistentes, raíces de plantas que
germinaron en las alturas, y desde allí lanzaron al suelo lejano sus flexibles
raíces. La india las elige, y las libera pacientemente en el laberinto de las
ramas, enrollándolas en círculos concéntricos. Horas más tarde, cuando las
espinas la hayan arrancado hasta la última brizna de ropa, aún conservará uno
de ellos anudado a la cintura, como la última de sus posesiones a la que se
aferrara para sobrevivir.
Entre los árboles caídos, el ir y
venir de los pies descalzos ha marcado una trocha. Se necesitan muchos días de
trabajo, muchas idas y venidas para derribar al suelo esos árboles de madera
dura como el hierro y que un hombre no puede abarcar. La trocha ondula, avanza
y retrocede, evitando las raíces donde la culebra cuida su camada, las zonas
pantanosas donde el detritos fermenta, las espinas escondidas bajo las hojas
secas; en la selva, la línea recta no es nunca el camino más corto.
Lejos del caserío la india camina
entre la hierba rala, allí donde hubo una milpa de plátano y maíz, cuando una
explosión de colores la detiene, porque en la selva, salvo las escasas
orquídeas que florecen en la oscuridad, no hay flores, y el color es la llamada
de atención de la serpiente:
Es una coral verde, amarilla y roja,
inmóvil al encontrarse con la india. Las dos se observan. Cuando la coral
avanza directamente hacía la india, resorteando la cabeza de colmillos enormes,
tanteando el aire con la lengua bífida, la india levanta el machete. La coral
emite un silbido de amenaza:
"Apártate o te mataré".
La vida de la india depende de la
precisión con que lance el golpe: si es en el instante preciso, la culebra
morirá; si la culebra está demasiado lejos, esquivará el filo, y ya no habrá
tiempo de repetir el golpe; si la deja acercarse demasiado, la coral la morderá
antes de que la alcance el machete; si el veneno queda entre la carne, llegará
al poblado y morirá entre los suyos; si entra en una vena, la descubrirán por
la espiral de los gallinazos.
¿En dónde está? Es una zona de
penumbra, bajo grandes árboles cubiertos de parásitos; el suelo es un cenagal
acuoso donde sus huellas se marcan como pequeños charcos; el aire espeso de
mosquitos la enloquece. ¿Cuánto tiempo ha corrido? ¿Una hora, unos minutos
apenas? Cuidadosamente retrocede. Si ha corrido en línea recta, si el poblado
no ha sido destruido por las hormigas, si las hormigas no la atrapan por el
camino, y si encuentra la quebrada que corre junto al poblado, podrá llegar a
su casa por los caminos del agua. Si no...
Avanza lentamente, con los nervios
en tensión, temiendo sentir a cada paso el roce áspero del río de hormigas que
sube por sus pies hasta los ojos tiernos y vulnerables. Ella conoce la historia
de un hombre que fue atacado por las hormigas legionarias; consiguió escapar
tirándose inmediatamente al río; unas horas más tarde el hombre murió porque
las hormigas le entraron por los orificios de la nariz y le devoraron los
pulmones desde dentro.
El agua se hace honda y no le deja
ver sus huellas. ¿Es posible que haya cruzado esas aguas en que ahora le cuesta
andar? Su leve faldita está mojada y llena de barro. Recuerda haber cruzado
charcos de pantano; ahora cruza una pequeña ciénaga que no recuerda; cree, sin
embargo, ir en la dirección correcta, fiándose de su instinto bajo la arboleda cerrada
que el sol nunca atraviesa.


En el borde del agua, antes de pisar
la orilla casi seca, un ruido como de gotas de agua cayendo sobre las hojas la
detiene. Un perezoso cubierto de algas, que en su inmovilidad habitual hubiera
pasado desapercibido, le llama la atención al agitarse extrañamente. El animal
cae pesadamente, y en el suelo se vuelve negro cuando un tejido de hormigas
ávidas lo cubre. Resignada, lentamente, la india da media vuelta y vuelve a
caminar en el agua.
En la casa de la ciénaga, bajo la
ceiba secular, el joven negro pesca. Es uno de los atardeceres rojizos de la
sequía, cuando hasta el nivel de la ciénaga baja, y los pescados suben a las
cabeceras de los ríos, a desovar en las aguas frescas y claras. El sol
poniente, sangriento y enorme, suscita
una vaga ansiedad en el joven; pero la noche llega definitivamente, sin que
nada suceda, en un mundo donde nunca nada sucede.
En la ciénaga de detrás del pueblo,
allí donde hace doce años se internara a la luz de las casas ardiendo un hombre
y un niño que nunca iba a volver, un
grupo de negros pesca con sus atarrayas. Las redes caen al agua y nunca salen
vacías, pero la sal escasea, y se hace difícil conservar el pescado. Hoy y
mañana comerán todo el que puedan; cuando la lluvia vuelva a caer cada día y el
nivel del agua vuelva a subir, el pescado se irá, y ellos se sentarán en las
puertas de sus casas a ver correr el río y la vida, y a aguantar hambre. El
nuevo poblado es más grande y está más cercano al caño que aquél con el que
terminó La Violencia. Del viejo aún se reconocen desde el río casas que
quedaron en pie y se transformaron en cúbicos montones de epifitas, trepadoras
y bromeliáceas. Los más valientes han entrado durante el día allí, cuando el
sol brillante aleja sus miedos, y han encontrado panas, machetes oxidados, un
arete de mujer, montones de huesos verdosos; recuerdos de personas que allí
vivieron, amaron y trabajaron, y cuya vida se terminó bruscamente, sin tiempo
de bajar del fuego la olla que ya humeaba, de despedirse con un "te
quiero", y se quedaron tendidos en la calle, muertos para toda la
eternidad.
En los trópicos el sol se pone, y la
noche llega bruscamente, sin crepúsculos. Los pescadores extienden sus
atarrayas a secar, y sus mujeres cortan el pescado para darle sal; en la
ciénaga el joven añade dos gruesos troncos al fuego para irse a dormir, y la
india mira con desconsuelo el suelo fangoso en el que a cada paso los pies se siguen hundiendo sin
encontrar fondo, y el aire hirviente de mosquitos, y sigue andando lentamente,
definitivamente perdida, en busca de un lugar seco y sin hormigas en el que
tenderse a morir.
Los indios buscaron a la joven
durante cinco días, recorriendo incansables, trochas, quebradas, y las orillas
de los ríos. Cuando perdieron la esperanza de
hallarla viva siguieron buscando para encontrar su cadáver y enterrarle
con una estaca clavada en el corazón, para que no se convirtiera en un muán
que arrebatara a sus hijos desde las sombras densas de la luna llena;
encontraron largas tiras de vértebras de culebras devoradas, caparazones de
tortugas en cuyo interior sonaban maracas de huesos, y esqueletos de monos que
subieron a árboles aislados sin saber en qué terrible trampa caían, y ante los
que les parecía estar viendo los restos atormentados de un niño. A los cinco
días volvieron con pajuís y venados cazados, y un bagre inmenso que la sequía
atrapó en un charco de agua, pero con la terrible convicción de que la
indiecita había sido devorada por las hormigas. Todavía un adolescente indio,
casi un niño que aún se estaba preparando para los ritos de iniciación a la
pubertad, siguió buscando durante dos días más, y regresó con lo único que quedó
de ella; un trozo de la tela roja de su "antea" que quedó enganchada
en una zarza, y un círculo de bejucos.
Más allá de los límites de la resistencia
humana, la india seguía avanzando. Cruzaba una zona de agua que llegaba a la
cintura, cubierta de una espesa nata verde, sintiendo en las piernas los
aguijonazos de las larvas de caracol que le penetraban en la sangre. Cada movimiento provoca olas que avanzan
lentamente, perdiéndose en el horizonte monótonamente verde y gelatinoso. La
luz del espacio sin árboles disminuye los mosquitos. Y el aire es ahora el
soporte de escarabajos de patas ásperas cuya picadura arde. La india intenta
oxearlos de sus espaldas lanzando manotazos de agua que la llenan de algas y
gusarapos que se retuercen; los escarabajos, tenazmente aferrados, no levantan
el vuelo hasta que acaban de depositar en un hueco sangrante su puesta de larvas
carniceras.
¿Cuánto hace que camina en el agua?
Esta luna que está alta ¿Ha perdurado de la noche, o es otra noche que se
avecina? La piel está arrugada, y las piernas hinchadas sienten calambres
dolorosos. No sabe cuánto tiempo hace que camina, pero sigue avanzando hacia
ese horizonte inmutablemente lejano, porque después de siglos de sobrevivir
todas las injusticias, arrojados mil veces de sus tierras, explotados por los
blancos y sus leyes, robados por los negros, asesinados por las serpientes y el
ejército, diezmados por el paludismo, su raza vive por un instinto más fuerte
que cualquier razón.
En la noche el agua fue bajando
insensiblemente, y al amanecer fue llegando a un terreno lodoso, plegado de
candelilla, con cañales y palmas zanconas, en donde los tapires y los pecaris
habían abierto agujeros transitables. La india los siguió gateando, evitando el
menor roce con esa vegetación infectada después de que uno de los parásitos le
dejara en el cuello la intensa y prolongada quemadura de su picada; pese a sus
cuidados otros dos más le picaron junto a las clavículas con su fuego imposible
de soportar; ella no gritó, no alteró sus pasos cansinos, apenas respiró más
anhelantemente, y siguió caminando hasta encontrar otra vez el suelo seco y los
árboles altos que hacen umbría la selva. Eligió uno al que un balazo rodeaba
por completo, y formaba con sus raíces parásitas escalones en el tronco y un
cálido nido en la horquilla. Subió a él animada no ya por la esperanza de
sobrevivir, sino de encontrar una muerte tranquila, alegremente entregada a ese
sueño profundo del que sabía que nunca iba a despertar.
Un olor fuera de lugar la fue
llamando desde el límite de su consciencia; la abría los ojos gozosamente
cerrados, despertó su cuerpo a los dolores que el sueño anestesiaba, la
revolvía sin poder reconocer ese olor obsesionante que se mezclaba con la
podredumbre de la selva y el de sus propias llagas infectadas; bruscamente lo
reconoció, como una conmoción; era el olor del fuego.
Sus sentidos alerta lo percibían
ahora tan claramente que se sintió cocinando en su tambo, entre el olor a carne
y pescado, y el del agua corriente y fresca, tan distinto del agua corrompida
que acaba de atravesar; las caras sonrientes de sus hermanos de raza le llaman.
En un instante las caras desaparecen, pero el olor de agua y comida están allí,
acosándola: el descanso le está aún prohibido. Con tristeza se deja resbalar de
su confortable nido, y a pesar de la protesta de su cuerpo dolorido siguió
caminando hacia los olores del hambre. La esperanza no le ha dado la vida, pero
le ha quitado el derecho a una muerte confortable.
Si la india hubiera sabido que tan
difícil iba a ser llegar a ese fuego promisorio, se hubiera dejado morir en su
resguardo. La esperanza la llevó hacía adelante, de caída en caída, avanzando
sobre las rodillas en los no pudo volver a ponerse de pie, haciendo esfuerzos
para no quedarse dormida en cada paso, sin fuerzas para espantar los insectos,
insensible a las espinas, a cada momento esperando llegar, y perdiendo la
esperanza en cada nueva caída. Cuando el sol iba a caer se acabó la penumbra
ardiente de la selva, y el universo se abrió en el espacio luminoso y fresco de
una ciénaga de aguas limpias. Lo primero que hizo la india fue beber y beber,
reparando el agua pérdida en siete días de caminar sin descanso y la sangre
robada por las sanguijuelas y los insectos, o vertida en las heridas de las
espinas; luego se adentró en el agua hasta la cintura, y se quitó de encima el
barro arcilloso de las caídas; solo entonces, cuando la mano bajó de la cintura a los muslos sin
encontrar su "antea" se dio cuenta de que estaba desnuda, sin que eso
la importara, porque en ese momento no podía pensar en ella como mujer, sino
como un animal moribundo; su desnudez no era provocación, sino una pequeña
parte de su permanente infortunio.
La ciénaga era espaciosa, salpicada
de islas cultivadas que formaban a veces laberintos o enmarcaban pequeñas
ciénagas en su interior. El aire era tan cristalino y el agua tan pura, que
parecía mentira que existieran allí, entre la humedad ponzoñosa y oscura de la
selva. Una isla se destacaba de las demás por ser el soporte de un árbol
gigante, tan grande que sus ramas sobresalían a los lados y se reflejaban en el
agua. Bajo él, empequeñecido por su tronco enorme, había una casa sin paredes y
con el techo de hoja, y junto a ella una columna de humo azul, alzándose
vertical en un cielo tan tranquilo que se perdía de vista sin que su
inmovilidad se alterara.
La india gritó en su lengua:
- ¡Ayúdenme!
¡Estoy perdida! ¡Vengan por mí!
La
ciénaga se tragó su grito.
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