domingo, 5 de mayo de 2019

Elombre de la ciénaga

Dibujo creado por Javier Olmedo para la portada del libro, antes de que fuera censurado por la editorial. Sin embargo el dibujo de la indigena emberá está basado en fotos reales de las mujeres de esa etnia. Javier comentaba: ¡Taparle el seno a una indigena? ¡Eso si que es pornográfico!
Pueden ver má obras de este artista en http://tallerpilaryjavier.com/galeria.php

sábado, 16 de junio de 2018

20-LA INDIA CAMINABA EN BUSCA DE UN LUGAR DONDE MORIR


20-LA INDIA CAMINABA EN BUSCA DE UN LUGAR DONDE MORIR

            Hacía dos días la india caminaba en  busca de un lugar seco y seguro donde morir. Buscando bejucos para amarrar las cargas se alejó del caserío más de lo que solía. Encontró lo que buscaba en el límite donde los hombres estaban desbrozando la selva: en la copa de los grandes árboles caídos, varas y varas de bejucos, brazadas de lianas gruesas y resistentes, raíces de plantas que germinaron en las alturas, y desde allí lanzaron al suelo lejano sus flexibles raíces. La india las elige, y las libera pacientemente en el laberinto de las ramas, enrollándolas en círculos concéntricos. Horas más tarde, cuando las espinas la hayan arrancado hasta la última brizna de ropa, aún conservará uno de ellos anudado a la cintura, como la última de sus posesiones a la que se aferrara para sobrevivir.

            Entre los árboles caídos, el ir y venir de los pies descalzos ha marcado una trocha. Se necesitan muchos días de trabajo, muchas idas y venidas para derribar al suelo esos árboles de madera dura como el hierro y que un hombre no puede abarcar. La trocha ondula, avanza y retrocede, evitando las raíces donde la culebra cuida su camada, las zonas pantanosas donde el detritos fermenta, las espinas escondidas bajo las hojas secas; en la selva, la línea recta no es nunca el camino más corto.

            Lejos del caserío la india camina entre la hierba rala, allí donde hubo una milpa de plátano y maíz, cuando una explosión de colores la detiene, porque en la selva, salvo las escasas orquídeas que florecen en la oscuridad, no hay flores, y el color es la llamada de atención de la serpiente:
            "No me pises, porque las dos moriremos".

            Es una coral verde, amarilla y roja, inmóvil al encontrarse con la india. Las dos se observan. Cuando la coral avanza directamente hacía la india, resorteando la cabeza de colmillos enormes, tanteando el aire con la lengua bífida, la india levanta el machete. La coral emite un silbido de amenaza:
            "Apártate o te mataré".

            La vida de la india depende de la precisión con que lance el golpe: si es en el instante preciso, la culebra morirá; si la culebra está demasiado lejos, esquivará el filo, y ya no habrá tiempo de repetir el golpe; si la deja acercarse demasiado, la coral la morderá antes de que la alcance el machete; si el veneno queda entre la carne, llegará al poblado y morirá entre los suyos; si entra en una vena, la descubrirán por la espiral de los gallinazos.

            Pero la coral es una culebra mansa, y a pesar de todas sus bravatas antes de llegar a la india se queda inmóvil, atemorizada. La coral evita la pelea, no es como la mapaná que se esconde en el rastrojo para morder a traición, o la matabogas, que salta desde los árboles; lentamente, de mala gana, se sale del camino despejado, y se aleja hacía un refugio de arbustos espinosos. Nunca va a llegar; en un instante se convierte en una masa negra que gime y se retuerce, mientras las hormigas legionarias la devoran tan rápidamente que la cabeza que se agitaba en el aire es solo un montón de huesos antes de caer, mientras el resto del cuerpo aún intenta avanzar. La excitación de la presa se transmite en ondas concéntricas, y la hierba, las zarzas, los árboles se cubren de negro bajo las oleadas de hormigas carniceras que acuden al festín. Aterrorizada, la india corre y corre, sin saber hacía donde corre. Solo se detiene cuando el cansancio la asfixia.

            ¿En dónde está? Es una zona de penumbra, bajo grandes árboles cubiertos de parásitos; el suelo es un cenagal acuoso donde sus huellas se marcan como pequeños charcos; el aire espeso de mosquitos la enloquece. ¿Cuánto tiempo ha corrido? ¿Una hora, unos minutos apenas? Cuidadosamente retrocede. Si ha corrido en línea recta, si el poblado no ha sido destruido por las hormigas, si las hormigas no la atrapan por el camino, y si encuentra la quebrada que corre junto al poblado, podrá llegar a su casa por los caminos del agua. Si no...

            Avanza lentamente, con los nervios en tensión, temiendo sentir a cada paso el roce áspero del río de hormigas que sube por sus pies hasta los ojos tiernos y vulnerables. Ella conoce la historia de un hombre que fue atacado por las hormigas legionarias; consiguió escapar tirándose inmediatamente al río; unas horas más tarde el hombre murió porque las hormigas le entraron por los orificios de la nariz y le devoraron los pulmones desde dentro.

            El agua se hace honda y no le deja ver sus huellas. ¿Es posible que haya cruzado esas aguas en que ahora le cuesta andar? Su leve faldita está mojada y llena de barro. Recuerda haber cruzado charcos de pantano; ahora cruza una pequeña ciénaga que no recuerda; cree, sin embargo, ir en la dirección correcta, fiándose de su instinto bajo la arboleda cerrada que el sol nunca atraviesa.

            En el borde del agua, antes de pisar la orilla casi seca, un ruido como de gotas de agua cayendo sobre las hojas la detiene. Un perezoso cubierto de algas, que en su inmovilidad habitual hubiera pasado desapercibido, le llama la atención al agitarse extrañamente. El animal cae pesadamente, y en el suelo se vuelve negro cuando un tejido de hormigas ávidas lo cubre. Resignada, lentamente, la india da media vuelta y vuelve a caminar en el agua.

            En la casa de la ciénaga, bajo la ceiba secular, el joven negro pesca. Es uno de los atardeceres rojizos de la sequía, cuando hasta el nivel de la ciénaga baja, y los pescados suben a las cabeceras de los ríos, a desovar en las aguas frescas y claras. El sol poniente,  sangriento y enorme, suscita una vaga ansiedad en el joven; pero la noche llega definitivamente, sin que nada suceda, en un mundo donde nunca nada sucede.

            En la ciénaga de detrás del pueblo, allí donde hace doce años se internara a la luz de las casas ardiendo un hombre y un niño que nunca iba a  volver, un grupo de negros pesca con sus atarrayas. Las redes caen al agua y nunca salen vacías, pero la sal escasea, y se hace difícil conservar el pescado. Hoy y mañana comerán todo el que puedan; cuando la lluvia vuelva a caer cada día y el nivel del agua vuelva a subir, el pescado se irá, y ellos se sentarán en las puertas de sus casas a ver correr el río y la vida, y a aguantar hambre. El nuevo poblado es más grande y está más cercano al caño que aquél con el que terminó La Violencia. Del viejo aún se reconocen desde el río casas que quedaron en pie y se transformaron en cúbicos montones de epifitas, trepadoras y bromeliáceas. Los más valientes han entrado durante el día allí, cuando el sol brillante aleja sus miedos, y han encontrado panas, machetes oxidados, un arete de mujer, montones de huesos verdosos; recuerdos de personas que allí vivieron, amaron y trabajaron, y cuya vida se terminó bruscamente, sin tiempo de bajar del fuego la olla que ya humeaba, de despedirse con un "te quiero", y se quedaron tendidos en la calle, muertos para toda la eternidad.

            En los trópicos el sol se pone, y la noche llega bruscamente, sin crepúsculos. Los pescadores extienden sus atarrayas a secar, y sus mujeres cortan el pescado para darle sal; en la ciénaga el joven añade dos gruesos troncos al fuego para irse a dormir, y la india mira con desconsuelo el suelo fangoso en el que a cada  paso los pies se siguen hundiendo sin encontrar fondo, y el aire hirviente de mosquitos, y sigue andando lentamente, definitivamente perdida, en busca de un lugar seco y sin hormigas en el que tenderse a morir.

            Los indios buscaron a la joven durante cinco días, recorriendo incansables, trochas, quebradas, y las orillas de los ríos. Cuando perdieron la esperanza de  hallarla viva siguieron buscando para encontrar su cadáver y enterrarle con una estaca clavada en el co­razón, para que no se convirtiera en un muán que arrebatara a sus hijos desde las sombras densas de la luna llena; encontraron largas tiras de vértebras de culebras devoradas, caparazones de tortugas en cuyo interior sonaban maracas de huesos, y esqueletos de monos que subieron a árboles aislados sin saber en qué terrible trampa caían, y ante los que les parecía estar viendo los restos atormentados de un niño. A los cinco días volvieron con pajuís y venados cazados, y un bagre inmenso que la sequía atrapó en un charco de agua, pero con la terrible convicción de que la indiecita había sido devorada por las hormigas. Todavía un adolescente indio, casi un niño que aún se estaba preparando para los ritos de iniciación a la pubertad, siguió buscando durante dos días más, y regresó con lo único que quedó de ella; un trozo de la tela roja de su "antea" que quedó enganchada en una zarza, y un círculo de bejucos.

     Más allá de los límites de la resistencia humana, la india seguía avanzando. Cruzaba una zona de agua que llegaba a la cintura, cubierta de una espesa nata verde, sintiendo en las piernas los aguijonazos de las larvas de caracol que le penetraban en la sangre. Cada  movimiento provoca olas que avanzan lentamente, perdiéndose en el horizonte monótonamente verde y gelatinoso. La luz del espacio sin árboles disminuye los mosquitos. Y el aire es ahora el soporte de escarabajos de patas ásperas cuya picadura arde. La india intenta oxearlos de sus espaldas lanzando manotazos de agua que la llenan de algas y gusarapos que se retuercen; los escarabajos, tenazmente aferrados, no levantan el vuelo hasta que acaban de depositar en un hueco sangrante su puesta de larvas carniceras.


            ¿Cuánto hace que camina en el agua? Esta luna que está alta ¿Ha perdurado de la noche, o es otra noche que se avecina? La piel está arrugada, y las piernas hinchadas sienten calambres dolorosos. No sabe cuánto tiempo hace que camina, pero sigue avanzando hacia ese horizonte inmutablemente lejano, porque después de siglos de sobrevivir todas las injusticias, arrojados mil veces de sus tierras, explotados por los blancos y sus leyes, robados por los negros, asesinados por las serpientes y el ejército, diezmados por el paludismo, su raza vive por un instinto más fuerte que cualquier razón.

            En la noche el agua fue bajando insensiblemente, y al amanecer fue llegando a un terreno lodoso, plegado de candelilla, con cañales y palmas zanconas, en donde los tapires y los pecaris habían abierto agujeros transitables. La india los siguió gateando, evitando el menor roce con esa vegetación infectada después de que uno de los parásitos le dejara en el cuello la intensa y prolongada quemadura de su picada; pese a sus cuidados otros dos más le picaron junto a las clavículas con su fuego imposible de soportar; ella no gritó, no alteró sus pasos cansinos, apenas respiró más anhelantemente, y siguió caminando hasta encontrar otra vez el suelo seco y los árboles altos que hacen umbría la selva. Eligió uno al que un balazo rodeaba por completo, y formaba con sus raíces parásitas escalones en el tronco y un cálido nido en la horquilla. Subió a él animada no ya por la esperanza de sobrevivir, sino de encontrar una muerte tranquila, alegremente entregada a ese sueño pro­fundo del que sabía que nunca iba a despertar.

            Un olor fuera de lugar la fue llamando desde el límite de su consciencia; la abría los ojos gozosamente cerrados, despertó su cuerpo a los dolores que el sueño anestesiaba, la revolvía sin poder reconocer ese olor obsesionante que se mezclaba con la podredumbre de la selva y el de sus propias llagas infectadas; brusca­mente lo reconoció, como una conmoción; era el olor del fuego.

            Sus sentidos alerta lo percibían ahora tan claramente que se sintió cocinando en su tambo, entre el olor a carne y pescado, y el del agua corriente y fresca, tan distinto del agua corrompida que acaba de atravesar; las caras sonrientes de sus hermanos de raza le llaman. En un instante las caras desaparecen, pero el olor de agua y comida están allí, acosándola: el descanso le está aún prohibido. Con tristeza se deja resbalar de su confortable nido, y a pesar de la protesta de su cuerpo dolorido siguió caminando hacia los olores del hambre. La esperanza no le ha dado la vida, pero le ha quitado el derecho a una muerte confortable.

            Si la india hubiera sabido que tan difícil iba a ser llegar a ese fuego promisorio, se hubiera dejado morir en su resguardo. La esperanza la llevó hacía adelante, de caída en caída, avanzando sobre las rodillas en los no pudo volver a ponerse de pie, haciendo esfuerzos para no quedarse dormida en cada paso, sin fuerzas para espantar los insectos, insensible a las espinas, a cada momento esperando llegar, y perdiendo la esperanza en cada nueva caída. Cuando el sol iba a caer se acabó la penumbra ardiente de la selva, y el universo se abrió en el espacio luminoso y fresco de una ciénaga de aguas limpias. Lo primero que hizo la india fue beber y beber, reparando el agua pérdida en siete días de caminar sin descanso y la sangre robada por las sanguijuelas y los insectos, o vertida en las heridas de las espinas; luego se adentró en el agua hasta la cintura, y se quitó de encima el barro arcilloso de las caídas; solo entonces, cuando la  mano bajó de la cintura a los muslos sin encontrar su "antea" se dio cuenta de que estaba desnuda, sin que eso la importara, porque en ese momento no podía pensar en ella como mujer, sino como un animal moribundo; su desnudez no era provocación, sino una pequeña parte de su permanente infortunio.

            La ciénaga era espaciosa, salpicada de islas cultivadas que formaban a veces laberintos o enmarcaban pequeñas ciénagas en su interior. El aire era tan cristalino y el agua tan pura, que parecía mentira que existieran allí, entre la humedad ponzoñosa y oscura de la selva. Una isla se destacaba de las demás por ser el soporte de un árbol gigante, tan grande que sus ramas sobresalían a los lados y se reflejaban en el agua. Bajo él, empequeñecido por su tronco enorme, había una casa sin paredes y con el techo de hoja, y junto a ella una columna de humo azul, alzándose vertical en un cielo tan tranquilo que se perdía de vista sin que su inmovilidad se alterara.

            La india gritó en su lengua:     
-   ¡Ayúdenme! ¡Estoy perdida! ¡Vengan por mí!
La ciénaga se tragó su grito. 

A mis amigos del Atrato.


Viví tres años en el Atrato Medio, y me enamoré del Chocó y la Antioquia negra. Construí mi casa en el rio Arquía, en Vegáez. Era sacerdote y atendía 21 pueblos: Murrí, Palo Blanco, San Miguel, Buchadó, San Antonio de Padua, Puntas de Ocaidó, Puerto Palacio, Vigía del Fuerte… A veces pasaba a la otra orilla para ir a Vella Vista, Puerto Martínez, subir por el Bojayá… Me fui soñando en volver, caminar otra vez por Quibdó,  abrazar otra vez a mis amigos.
Años más tarde escribí un libro y la acción sucede en esa zona, con una geografía y unas etnias reales. Dediqué el libro a personas que conocí allí: La paisa Genoveva, D. Melanio Morenom su esposá doña Cleofé y sus hijas, la profesora Rosalba, a los motoristas Luis Danilo y Emelecio, y a Sulma y Pastora, que tanto me ayudaron durante el tiempo que viví en Vegáez.
Luis Danilo era el motorista de los claretianos de Quibdó, Emelecio vivía en S. Antonio de Padua y luego puso un pequeño comercio en Puerto Palacio.
El libro se vende sobre todo en USA y España y posiblemente ninguna de las personas que menciono se va a dar cuenta de lo agradecido que les estoy, de que no les olvido, y de que les dediqué en libro.
Me gustaría ir a entregarles el libro personalmente, pero es posible que nunca pueda. Así que si algún día navegando por el Atrato se encuentran con Emelecio, Luis Danilo, o en una escuelita rural con la maestra Rosalva, díganles que tienen un libro dedicado, y que entren en http://elombredelacienaga.blogspot.com/ o en https://www.facebook.com/Elombre-de-la-cienaga-981548921859622/ para que lo vean, o me manden una dirección para enviárselo.
La casa de enmedio fue la casa que construí en Vegaez. Lo que parece un pequeño cajón sobre el brazo seco del rio es el  ïnodoro"del pueblo."


lunes, 7 de mayo de 2018

19-HOY NO HA VENIDO, MAÑANA VENDRA


19-HOY NO HA VENIDO, MAÑANA VENDRA.

            Los cerdos se habían convertido en una plaga tan terrible que el niño decidió al fin matar uno. Fue la primera decisión personal que el niño tomó en dos años de existencia rutinaria, después de la partida del padre. Para entonces los lechones eran ya verracos grandes, las cerdas de cría habían tenido dos camadas cada una, y las lechonas de la primera camada habían parido también. El bote cargado de vegetales que el niño les llevaba cada noche apenas si bastaba para que cada uno comiera un bocado, entre peleas y dentelladas. Los cerdos eran ya más que los dedos de sus manos contados dos veces, y la gran isla donde vivían un lodazal maloliente de excrementos y tierra comidos y vueltos a comer.

            No era el primer animal que el niño mataba. Una guagua se había acostumbrado a pastar cada noche los frutos caídos en la isla de las guayabas; el niño descubrió los dientes del roedor en las frutas a medio comer, y una noche se vistió con la inmovilidad pétrea del caimán, y la esperó con el cuerpo untado de hierba de limoncillo para que el olor de hombre no la alertara; la partió en dos con un machetazo en la cintura cuando el animal estaba ramoneando entre sus pies. También había matado un guambé que retornaba a su isla cada vez que conseguía escapar del niño, porque allí amamantaba una cría con la pata rota; y un caimán que arrastró al niño y su canoa por toda la ciénaga, antes de morir de asfixia con un arpón clavado en los pulmones. El niño comió con deleite la guagua y el guambé, pero del caimán solo comió la carne blanca del lomo, y, a pesar de que en su cultura nada se desaprovecha, tiró a los cerdos el resto, asustado por el olor hediondo que encontró al abrir las tripas del animal. La comida le repitió varios días con eructos aceitosos, y el peligro corrido, y la tristeza de no poder aprovechar la carne hicieron que el niño nunca más pensara en matar otro caimán; aquel fue de todas maneras el único que alcanzó a ver en ese mundo aislado de las otras aguas por la corriente insalvable del remolino, y lo mató, más que por comérselo, por eliminar un competidor en la pesca.

            Pero matar un cerdo era algo totalmente diferente. Mientras que el animal de monte lo mata cualquiera allí donde lo encuentra, el animal doméstico, largo tiempo cuidado y alimentado, solo se mata en las ocasiones muy especiales de un muerto importante o una fiesta en el pueblo. Matar un cerdo suponía también tomar posesión de aquellos animales que hasta entonces habían sido del padre.

            La muerte del cerdo no fue fácil. Cuando estaban distraídos en la disputa de la comida el niño lanzó contra la masa inquieta de los animales el arpón que  su padre encabara para pescar los sábalos y que ya había usado para el caimán. El arpón se le clavó a un cerdo mediano en un cuarto trasero, y los gruñidos aterrorizados del animal hicieron huir a los demás; el niño dejó la cuerda del arpón atada al bote, y se dispuso a rematar al animal con el hacha; a pesar de estar trabado por la cuerda y el arpón, el animal esquivó tres golpes sucesivos; el cuarto le hizo una gruesa hendidura sangrante en el lomo; el quinto le quebró la paletilla delantera, y el sexto le partió la cabeza. El niño sonrió por un instante, y luego dijo seriamente:
            "Los cerdos son duros de morir".

            Le costó un esfuerzo grande, porque eran las primeras palabras que pronunciaba en tres años, y las últimas que iba a pronunciar en tres años más.

            Las imágenes de un niño y un hombre que había matado a uno de esos mismos cerdos de un machetazo en la cabeza se le vinieron a la mente; el niño había recogido el pedazo de cabeza, y luego ambos habían comido en la casa de la ciénaga, bajo la ceiba gigante. El niño se identifica con el hombre, porque cada día el espejo del agua le devuelve la misma imagen de brazos  musculosos y torneados, la misma espalda ancha, las mismas piernas alargadas. Recuerda con simpatía, casi con cariño al niño; el cuello delgado, la cintura fina, las manos delicadas, el hambre constante. ¿Dónde está el niño? No lo sabe. Tal vez sea ese niño lo que espera cada mañana al mirar a ese confuso rincón donde la selva ha borrado hasta los recuerdos de la trocha.


            Un estertor del cerdo lo saca del ensueño; el breve paréntesis del pasado se cierra definitivamente, y la vida normal basada siempre en el presente, continúa: vivir para vivir, moverse por las necesidades básicas, hambre, sueño, calor, cansancio, el gusto por la pesca, por el ejercicio muscular, por el baño. Desde hace años nadie le ha dado una orden, nadie le ha impuesto una norma; todo brota de él mismo, de su sentir silencioso. Vive con el sol, a veces con la luna llena que lo llama a lancear los grandes bagres que duermen en las orillas lodosas; nadie le despertará cuando duerme, nadie le disputará la comida; solo queda de su pasado una sombra escondida que le impulsa cada mañana a trabajar más allá de sus necesidades, y que en un tiempo pasado lo persiguió en los sueños.

            Carga el cerdo. Es más pesado de lo que esperaba, menos de lo que hubiera deseado. El bulto de su propio pene le molesta al andar; le sucede siempre cuando caza.

            La primera vez que aquello le sucedió le causó una gran inquietud, pero luego se acostumbró a ello, y ya no recuerda ese momento. Estaba tumbado en la arena, secándose al sol tibio del atardecer cuando observó un pene descomunal que se elevaba tembloroso a cada latido del corazón, como si tuviera vida propia.

            El grueso pene le intrigaba cada vez más; una vez un dedo del pie se le hinchó en una infección profunda y dolorosa que solo terminó cuando la piel se abrió  para arrojar un pus espeso en el que flotaba una espina de chontaduro; pero esto parecía diferente.

            Temerosamente tocó el miembro, y una sensación extraña, como si hubiera tocado la piel eléctrica de un tiemblo, le estremeció; retiró la mano como si le quemara, pero al cabo de un momento volvió a alargarla para obtener la misma sensación fascinante. El sol que hacía transparentes las distancias le daba ánimo. Deliberadamente palpó el misterio, acarició sus zonas, descubrió la mayor sensibilidad en un pequeño estrechamiento bajo la cabeza rojiza; un dedo se le quedó pegado allí, y al retirarlo sintió un dolor agradable. Como una revelación descubrió un bello áspero que había crecido tan lentamente que nunca antes se había dado cuenta; era corto y fuerte, más rizado aún que el de la cabeza, y tan pegado a la piel como un liquen a la roca. Explorando, encontró que la hinchazón se prolongaba dentro de él, y que los testículos, que el excesivo calor tropical mantenían habitualmente alejados del pubis, estaban ahora contraídos y fuertemente apretados. Volvió a subir lentamente la mano estremecida, sintió el pene crecer más aún, volverse tibio y húmedo, arrastró la suave piel del glande arriba y abajo, y el placer se expandió en oleadas; fue primero un punto ardiente en el cuello del pene, luego en todo el sexo, bajo por los muslos sudorosos, subió por el vientre contraído, le crispó los dedos de los pies, dilató las costillas, y en un último estremecimiento echó hacia atrás la cabeza hipnotizada en el fetiche, y todo el cuerpo quedó rígido como un arco, clavado en el placer desconocido, volcado dentro de sí, mientras la mano encallecida se hacía sabia en cada movimiento; luego todo  su cuerpo explotó en un eructo volcánico, y el niño quedó asombrado mi­rando esa sustancia espesa que había salido de él, y que se evaporaba rápidamente enfriándole la mano, con un olor nuevo y extraño en su mundo de olores, como el de la leche de la palma de mil pesos. Cuando vuelve a observarlo, su pene ha recuperado su aspecto apacible de siempre; lo toca y no siente nada. Se encoge de hombros y vuelve a bañar un cuerpo que ha quedado sudoroso, con olor de humo en las axilas. Cuando sale del agua se siente cansado como nunca, y se desploma en un sueño profundo y sin pesadillas. Al amanecer el mundo es igual que siempre, y él ha olvidado todo.

            Tres noches más tarde despertó en una pesadilla donde intenta volar inútilmente sobre un légamo pantanoso en el que acaba por caer, y su pene está nueva­mente erecto. La exploración ya no busca desentrañar un misterio amenazador; las caricias son tranquilas, gozosas, vuelve a encontrar los puntos ardientes del placer, demora voluntariamente ese orgasmo que libera su cuerpo; el momento llega y la sensación lo penetra y lo traspasa, le da su sitio en el mundo, le une a la tierra madre y a la fertilidad del agua: en un instante la naturaleza ha vuelto a su caos primordial, y ha sido vuelta a crear llena de fuerzas germinativas nuevas. En el límite de la ciénaga, más allá de la ceiba, sale un sol nuevo, más luminoso que ningún otro sol.
            "Hoy no ha venido, mañana vendrá".

            Y se duerme en un sueño tranquilo, en el que su cuerpo se eleva como el sol para zambullirse y penetrar las aguas claras que tanto ama.

            El fenómeno volvió a presentarse periódicamente, sin que él se preguntara nunca porqué; sabía que así como cada mañana el sol nacía en un lado de la ciénaga y moría en el otro, y la luna crecía y decrecía, y las plantas daban semilla y las semillas germinaban, también su pene crecía para ponerse rígido y sensible, y que también ello era bueno, hermoso y parte de la vida. Aceptaba con gusto el placer que ello le daba, pero pocas veces tomó la iniciativa para provocarlo, porque la vida le mantenía ocupado gozosamente de la noche a la mañana: el placer de trabajar sus propias tierras, de alimen­tar sus cerdos, de cuidar su fuego, el placer de la pesca, de la comida abundante, del baño en la ciénaga, de remar bajo el sol, el placer de recoger las cosechas, de la siembra continua, de observar su mundo limitado, el placer del sueño profundo.

            Esta vez, con la sangre del cerdo que acaba de matar secándosele en las espaldas, y las moscas zumbando sobre él, no hizo caso al apremio del pene endurecido. Colgó la carne de una viga para luego cortarla en tiras largas que secaría al sol, y se fue a bañar, restregándose con la arena carrasposa del fondo. Cuando al fin salió el pene había decidido volver al aspecto pequeño y arrugado de otras veces, y el joven pensó que era una sabia decisión, porque tenía muchas cosas que hacer.

            El siguiente cerdo que mató, fue uno pequeño y tierno que asó entero sobre una cama de brasas y comió durante tres días. Luego se sintió asqueado de carne, y se sometió a un régimen de frutas, hasta que las piñas le rajaron la lengua, y retornó a los sancochos de pescado, y aunque mató cinco cerdos más, en un intento de contener su explosión, solo ocasionalmente volvió a comer su carne.

            Buscando un nuevo acomodo para los animales recorrió sistemáticamente la ciénaga, sin encontrar islas libres. Volvió a descubrir el caño del remolino, cuya existencia ya ignoraba, pero al penetrar entre las altas paredes amenazadoras, en el mundo oscuro, tan distinto de su ciénaga luminosa, una brusca angustia le hizo retroceder. Desde entonces pensó en la ciénaga como en un mundo cerrado, defendido por la selva de unos indefinibles peligros que moraban en el horizonte. Así que tuvo que seguir matando cerdos y añadir palos cruzados a las vigas, para colgar los tasajos.

            Aún yacían en su memoria los fragmentos perdidos de una vida anterior: los juegos de cosquillas con una niña que era su madre, el largo pueblo con el cementerio al fondo, la noche loca en que salió con el padre, el grito penetrante de la madre macheteada, la angustia del remolino; pero no hay nada que los saque del fondo donde yacen, porque no hay en la ciénaga nada afín que pueda recordárselos; tan solo una ansiedad cuya causa desconoce le lleva cerca de sus retozos infantiles, esperando algo que no sabe que es, pero cuyo interior animal intuye. Pero ello no sucederá hasta mucho tiempo después, cuando incluso esa esperanza infantil haya muerto a base de esperar.

domingo, 22 de abril de 2018

17-LAS INDIECITAS SE LLEGARON HASTA LA PLAYA DEL LAGO




17-LAS INDIECITAS SE LLEGARON HASTA LA PLAYA DEL LAGO

            Buscando leña seca para el fogón las indiecitas se llegaron hasta la playa del lago, donde va a parar todo lo que el gran borbotón de agua arroja en el centro; allí suelen encontrar troncos secos y rotos que el remolino ha vomitado, y a veces los cuerpos despedazados de animales: cocodrilos que se quedaron dormidos  en la corriente, bagres que se atrevieron a nadar muy cerca del remolino, nutrias juguetonas, animales que se cayeron al agua en la trampa de altas paredes. Un tigrillo que está comiendo huye al sentirlas llegar. También ellas huyen dando gritos, porque en la playa esta vez hay cuerpos de hombres despedazados. La fuerza del agua les ha arrancado los brazos y las piernas, y la succión terrible les ha extraído las tripas a través de la boca, y los troncos son bolsas informes en cuyo interior ruedan huesos rotos y vísceras machacadas. Los indios cavaron en la misma playa un gran hoyo y enterraron allí, empujándolos con largos palos, los restos humanos diseminados, las piezas metálicas del motor, las hilachas desgarradas de la ropa. Encima de todo quemaron el maderamen del bote, como una ofrenda para ahuyentar los  malos espíritus.

            Un año después se desató entre ellos una epidemia  de paludismo, y los indios abandonaron la zona, convencidos de que de todas las maneras los malos espí­ritus de aquellos muertos les estaban perjudicando. Se fueron más hacía arriba, alejándose de las grandes ciénagas, hacía la parte media de la quebrada de Guaguandó, y allí comenzaron a abrir la selva.

CAPITULO 18. MAÑANA VENDRA.

18-MAÑANA VENDRA.

            En la casa de la Ciénaga del Remolino, bajo el parasol del árbol cósmico, el niño se despierta sobresaltado; mira allí donde la trocha borrada caía sobre la ciénaga, pero no hay nadie.
            "Hoy no ha venido, ma­ñana vendrá".


            Se  levanta y asa dos grandes pescados corromás sobre las brasas. Al acabar arroja las conchas al agua, añade dos gruesos troncos al fuego para mantenerlo encendido hasta la noche, acerca al calor ceniciento la olla ennegrecida y la llena de plátano, yuca, guineos, y, tras un momento de vacilación, un grueso pedazo de carne de cerdo seca; es un lujo que sólo se permite cuando olvida al padre; los otros días, cuando el recuerdo le asalta, se limita a poner pescado. El niño no sabe cuántas lunas hace que el padre se fue. Los montones de frutas en el borde de la casa se pudrieron, y tuvo que echárselas a los cerdos; los colinos ya están limpios, y está limpiando ahora la isla donde los frutales dan su cosecha ininterrumpida; si acaba, y el padre aún no ha vuelto, sembrará maíz. Perdido en sus pensamientos se está demorando en ir al trabajo, y le asalta la angustia como si el padre fuera a salir de las sombras para azotarle por no cumplir su trabajo.     
            "Bueno, ya voy a limpiar el colino".

            Es una frase ritual que repite cada mañana para aplacar esa sombra negra que le vigila desde dentro de él mismo; son palabras que seguirá pronunciando cada mañana, año tras año, incluso después de olvidar su sentido.


sábado, 10 de marzo de 2018

CAPITULO 16- SIEMPRE HAY UN POBRE QUE SE VENDE.

16- SIEMPRE HAY UN POBRE QUE SE VENDE.










            "Cuando llegue al puerto esconderé las dos champas y me iré corriendo por la trocha. Cuando llegue a la Ciénaga, el niño me estará esperando". O se quedará escondido o nadará hasta la isla si el niño no le espera. Allí, en la selva de tierras altas, hay mucho donde esconderse; y si un blanco se interna por la selva en su busca, morirá, porque en la maraña de la selva no hay animal más torpe, más estúpido y ruidoso que el hombre blanco.
 
            Pero el niño ya lo espera. Con el primer resplandor del amanecer mira hacia el lugar donde el padre debe aparecer, y no lo ve.
            "Hoy no ha venido, mañana vendrá". Y se vuelve a dormir con un sueño inquieto, con la esperanza y el temor de que el padre vuelva.

            Ya los blancos vienen por el caño. En las aguas profundas y limpias de vegetación el bote avanza rápido. El negro comprende que no le dará tiempo a esconder las champas; las dejará ir en la corriente del remolino para que no las vean, para que no descubran la trocha, la casa en la isla. Rema con todas sus fuerzas, botando espuma a los lados de la champa; dos golpes de canalete a un lado, pasa el remo sobre su cabeza, dos golpes de canalete al otro lado, y la champa avanza recta, veloz.

            Al fondo los blancos gritan:      
            - ¡Allí está!
            - ¡Ya lo tenemos! Aquí ya no se nos escapa.
            Suenan disparos.     
            - No lo matéis. Lo quiero vivo.     
            - Nos va a pedir a gritos que lo matemos.

            El negro siente miedo; los blancos están demasiado cerca. Mira hacia atrás para medir las distancias, y están tan cerca que ya se ven sus caras llenas de odio. Y entre las caras blancas, una negra.

            ¡Un negro! ¡Un negro entre los asesinos blancos! Un negro de las orillas del Atrato, tal vez de su mismo pueblo. Siente otra vez un cansancio infinito, una suma impotencia. Esa era su sospecha, la que no quiso creer pese a todas las evidencias. Por ese negro los blancos se volvieron a buscarle aguas arriba en el gran río, por él supieron el camino que tenían que tomar, por él lo esperaron en los pasos claves, por él no se perdieron en el laberinto de las ciénagas. No odia a los blancos que le persiguen; los blancos matan a los negros, porque para eso los hizo Dios; pero ese negro que asesina a los de su propia raza, que vende su pueblo al enemigo, por él siente un odio, una rabia infinita. Se dejaría morir con tal de matarlo.
            "Por eso nunca derrotaremos a los blancos. Siempre hay un pobre que se pasa a su lado para matar a otros pobres. Los pobres del mundo nos matamos entre nosotros, y ellos se sientan y ríen".

            Ya se siente la corriente tenue que anuncia el zarpazo del remolino, y el negro rema con todas sus fuerzas; dos golpes de canalete a la derecha, pasa el canalete sobre su cabeza, dos golpes de canalete a la izquierda, ya va a llegar al puertecito, saldrá corriendo por la trocha y dejará que las champas se va­yan aguas abajo, dos golpes de canalete a la derecha, pasa el canalete sobre su cabeza, suenan otra vez disparos, y el canalete se le escapa de la mano. Intenta recogerlo del fondo de la champa, pero la mano ya no se cierra sobre el remo. Solo cuando un dolor agudo en el codo, como un machetazo a traición, le hace mirar hacia más arriba, se da cuenta de que su brazo cuelga de unas hilachas de piel y carne, al aire los huesos rotos, y otra vez el viejo olor dulzón de la sangre, como cuando alguien en el pueblo picaba un cerdo. Siente mareo, y respira hondo para no desmayarse. Se concentra con todas sus fuerzas en no perder el sentido, mientras el dolor le corre en oleadas por todo el cuerpo. A cada movimiento el antebrazo colgante parece desprenderse, y las astillas del hueso producen un dolor terrible en la carne. Entre las brumas del mareo ve con nostalgia como a su izquierda pasa el puertecito, con la pequeña champa que hizo para escapar de la isla, la trocha que lleva a su casa, y comienzan las altas paredes, las aguas profundas y rápidas, el tirón feroz del Remolino. El Animal, que siempre espera.

            Ahora que todo ha terminado, el negro siente alivio. Ya no hay dudas ni temores, tampoco engañosas esperanzas. Sabe que va a morir, y solo espera que el momento pase rápido y llegue al fin el sueño, el descanso, la nada. Los que mueren en el agua se condenan, porque los Animales son del diablo; pero ahora siente tanto dolor en su cuerpo cansado, que ni siquiera la condenación le importa.

            El motor se le acerca rápidamente, y dirige la champa con la mano sana. No pilota para salvarse, porque no hay salvación. Solo quiere retrasar el momento para que los blancos caigan con él en el remolino. Y cuando el ruido del remolino se hace tan fuerte que los blancos van a oírle sobre el motor, Elombre grita. Grita para tapar el rugido del animal, pero también grita de pena y rabia; grita por su celo de macho insatisfecho, por los muertos de la calle, por la pobreza de los negros, por las mujeres de la ciénaga, por la joven muerta, por su soledad profunda, por los niños de la palizada, por su brazo colgante, por la madre que hizo una manopla con lana de su suéter para la mano del niño pisoteado, por el hijo que le espera, por su propia muerte, por el negro traidor, por todos los pobres traidores del mundo.

            Los blancos que corren ciegos buscando la muerte del negro no se dan cuenta que corren hacia su propia muerte; van alegres, con gritos de triunfo. Unos metros antes de alcanzar la champa el negro traidor comprende que algo extraño sucede, porque Elombre no les mira a ellos, sino que tiene la vista fija adelante, como hipnotizado en algo. Dirige la vista allí donde Elombre mira, y se aterra. También él grita de terror, sin que los blancos acierten a saber que pasa. El motorista se resiste a parar el motor, ahora que tiene la presa tan cerca. El negro traidor corre hacia atrás, atropellando a los blancos, arranca el motor de las manos inexpertas; el impulso es mucho, y pasan junto a la champa sin detenerse; el caño es demasiado estrecho para dar la vuelta. Con la marcha atrás el bote disminuye la velocidad que lo lleva al remolino; por un momento el bote se inmoviliza, luego, lentamente, la corriente lo atrapa en su espiral de círculos cada vez más cerrados, más rápidos, hacia la boca tenebrosa. Ahora son los blancos los que gritan. El negro ve las bocas abiertas mientras el bote gira en círculos concéntricos, hasta que tiene la mitad de su longi­tud  en el vacío pavoroso; lentamente bascula, y cae al abismo; no tiene tiempo de alegrarse porque él mismo está ya girando la espiral mortal, cada vez más cerca de la boca, más veloz, hasta que cae por el borde de la cascada, esperando el momento terrible en que se encuentre frente al monstruo y lo mire con sus ojos fríos para sorberlo muy lentamente entre los labios apretados, para hacerle botar las tripas por la boca. Pero por una vez la vida fue misericordiosa con el negro y el encuentro tantas veces temido no se produjo, porque antes de llegar al fondo había muerto de miedo.

            El querosén se hace escaso en el quinqué y la mecha deja escapar una voluta de humo negro. El padre continúa su historia:
            - "Y cuando al fin se vio perdido, les llevó a todos al remolino, y allí murieron todos: los blancos y Elombre, y el negro traidor".

            El niño se queda mirando el negro remolino en las volutas del humo. El padre calla, y su pensamiento se va lejos; vuelve a aquel baile en que un policía mató un muchacho de un tiro porque los dos estaban tragados de la misma  mujer. Solo eran tres policías, y ellos más de cincuenta machetes, pero nadie hizo nada, tampoco él.

            El niño pregunta:     
            - ¿Y murieron todos?     
            - Murieron todos: Elombre, y los blancos, y el negro traidor.     
            - ¿Y no se salvó ninguno?     
            - Ninguno.

            El muchacho tenía ya como dieciocho años, era un trabajador fuerte, ya tenía su casa y su palanca. Era el único hijo de su madre, la esperanza para la vejez. El policía dice que disparó al aire para acabar una  discusión que había en la otra punta del bailadero; la bala le entró derecha por el pecho hasta el centro del corazón. El muchacho está ahora enterrado al ladito del camino que va al cementerio en Vegáez, con una losa de cemento encima. No quedó nadie que viera por la madre.

            El niño insiste:     
            - ¿Y cuántos eran los blancos?     
            - Los blancos eran siete.     
            - Y los dos que murieron en el pueblo, nueve.     
            - Y el negro traidor, diez.

            El padre se mira con tristeza las manos callosas que no supieron matar. Dice en un susurro:     
            - Ese sí que era un hombre.

            El niño vuelve a mirar los remolinos del humo. De pronto recuerda algo,     
            -¿Y qué fue del niño?     

            Pero el padre ya no le oye.

            El pueblo de pescadores no fue destruido por ninguna vinculación política, sino porque era el lugar  más apartado al que se podía llegar en motor desde Quibdó en un solo día, y por ser lo suficientemente pequeño como para no encontrar resistencia; y los blancos que acabaron con el pueblo no eran tampoco guerrilleros, sino amigos de un grupo de políticos que les habían mandado para hacerles pasar por guerrilleros para participar a medias con ellos en los beneficios de una amnistía que iba a legalizar para los grandes terratenientes la propiedad de las fincas que habían ocupado, e iban a premiar a sus bandas de asesinos con el reparto de las tierras que los campesinos habían abandonado. Además del interés económico, perseguían el interés político de atribuirles la masacre a guerrilleros liberales, no solo para desacreditar al partido contrario, sino para mostrar a los comités de autodefensa liberales, campesinos se habían organizado para defender sus tierras y sus vidas, que también los guerrilleros liberales iban a tener parte en el reparto, y desorganizar así una guerrilla que empezaba a hacerse fuerte y a inquietar tanto a la oligarquía liberal como a la conservadora.  Muchos campesinos de los comités de autodefensa creyeron que también era para ellos la amnistía, cambiaron felices los fusiles por los azadones, y volvieron a sus casas; luego aparecían muertos en los caminos, o un día se presentaban a un requerimiento de la policía, y nunca más se volvía a saber de ellos; eran aún hombres sin una ideología política definida, simplemente supervivientes de una masacre, y necesitaron mucho tiempo de dejarse matar sin hacer nada, de organizar después protestas en que el ejército los ultimaba, mientras los periódicos publicaban que los valientes soldados de la patria, en defensa de la paz y el orden, habían repelido el ataque de un grupo de chusmeros que se negaban a dejar las armas, para darse cuenta de las constantes de la Historia, y entender que lo que pasaba no era culpa del destino, ni castigo de Dios por los pecados del pueblo, sino conse­cuencias del juego económico de las fuerzas sociales, que no se iba a arreglar con protestas, manifestaciones, ni oraciones y procesiones, sino con método, inteligen­cia y lucha, y así fue como la mentira de la amnistía creó las primeras guerrillas en Colombia, y la represión y las luchas armadas popu­lares  se hicieron epidémi­cas, a pesar de nuevas y mortales amnistías cada vez menos creídas.

     El grupo de políticos salió al ama­necer desde Quibdó, en un bote de motor, con una pequeña escolta de policía. En cada pueblo se paraban a explicar que ellos, los valientes políticos conservadores, iban a  pa­cificar con riesgo de sus vidas un grupo de chusmeros que estaba operando más abajo de Tagachí y que por las  dificultades de comunicación no se habían enterado que la violencia había terminado gracias a una generosa amnistía. La gente, reunida por los policías y sus fusiles, les daba unos vivas temerosos. Antes de seguir, los políticos y los policías, se hacían invitar a unos tragos de aguardiente; en cada pueblo que paraban, a medida que la borrachera aumentaba, las proclamas eran más inspiradas, los discursos más largos, la apreciación del propio valor mayor; pero también iban dejando caer en sus propias conversaciones más detalles sospechosos que hacían pensar a la gente que los políticos, la policía y los asesinos eran la misma cosa. Al llegar a la loma de Mandé iban ya tan borrachos que los policías contaban la verdad a sus compañeros de beba, y algunos de los políticos que se habían volteado apenas al ganar las elecciones el partido contrario, o los que de tanto cambiarse ya ni sabían de que tocaba ahora, se encontraban de pronto dando vivas al glorioso partido liberal, carajo ¡Viva!, perdón, quiero decir al glorioso partido conservador, ¡Viva!, a las gloriosas fuerzas armadas, ¡Viva!, a los abnegados policías que tan desinteresadamente nos acompañan en nuestra misión pacificadora, ¡Viva!, a mi general en el gobierno que ha pacificado toda Colombia, ¡Viva!, a nosotros mismos, mierda, que somos unos verracos, ¡Viva! Porque la gente decía viva a todo sin importarle sino que los políticos que habían caído como pájaros de mal agüero y sus policías arrodillados se largaran de una puta vez por todas, y hubieran gritado vivas al mismísimo hambre con tal de que les dejaran en paz; cuando finalmente se tomaban sus aguardientes y se iban, la gente seguía gritando vivas y abrazándose de puro feliz, asombrados de estar aún vivos.

            Con tanta beba y tanta joda, no llegaron a la guarnición de Tagachí sino cuando ya era noche cerrada. Los policías que llevaban horas esperándoles con buena provisión de aguardiente estaban ya medio borrachos, y se prendió la fiesta. En medio de la parranda se acordaron de su cita con los pájaros y con obstinación de borrachos se empeñaron en irlos a buscar para que se unieran a la parranda. Hubo que obligar casi por la fuerza al motorista que negaba a navegar de noche; tuvieron que pagarle de una el viaje de ida y vuelta, más una prima especial por la manejada nocturna, y regalarle una linterna con pilas nuevecitas; al fin accedió y los políticos se embarcaron con sus botellas en la mano, mientras los policías se quedaban a seguir bebiendo con sus compañeros. Al llegar al remolino del Tigre les sorprendió el aguacero, y si no se devolvieron fue por la insistencia del motorista de que no podían devolverse, porque estaban ya más cerca del pueblo de pescadores que de ningún otro. Apenas el bote atracó en una orilla muda y sombría los políticos se bajaron apresuradamente del bote que en la oscuridad del río les había hecho pasar tanto miedo, y que tenía el fondo encharcado de vómitos de borracho. Ni siquiera  se molestaron en disimular frente al motorista negro.     
            - ¡Sinsonte! ¡Turpial! ¡Gallinazo! ¡Despierten que ya llegamos!     
            - ¡Tarde, pero seguros!     
            - ¡Venimos congelados! ¡Ah hijo puta aguacero!     
            - ¡Prendan música, que aquí traemos el aguardien­te!

            Un silencio de muerte se tragó sus gritos. La luz de un quinqué que aún brillaba en la casa con techo de zinc les hizo correr allí, salpicándose unos a otros en la calle embarrada del aguacero incesante.

            Los policías de Tagachí no se despertaron de la trasnochada hasta el mediodía siguiente. Unas muchachas aún más borrachas que ellos dormían en los rincones del piso de madera, y las despertaron a las patadas para que les hicieran un sancocho de pescado con que calmar los estómagos estragados del aguardiente. Cuando estaban tomando el sabroso caldo humeante se extrañaron de que los políticos y sus pájaros no hubieran acudido al olor; tardaron aún mucho rato en darse cuente de que no habían vuelto, y más aún en pensar en el malestar del guayabo que debían hacer, y ya para entonces estaba a punto de venirse el aguacero del atardecer, así que decidieron que a la mañana siguiente irían a ver qué había pasado, si es que para entonces no habían vuelto.

            Encontraron a los políticos en la casa de techo de zinc encerrados para evitar el hedor y la visión terrible de los muertos pudriéndose en la calle, y gritando de miedo porque pensaron que los que venían no eran sus amigos políticos, sino espantos para vengarse. Se habían encerrado allí todos juntos, después de que recorrieran el pueblo en la oscuridad sin conseguir encontrar sino cadáveres, cadáveres en el interior de las casas, cadáveres niños en las cunas, cadáveres de lavanderas en la ciénaga, cadáveres borrachos en la cantina, cadáveres aplicados en la cabaña de la escuelita, cadáveres amantes en las camas, cadáveres hambrientos en las mesas, cadáveres fugitivos en la calle, cadáveres y más cadáveres, cadáveres sucios de fango, cadáveres lavados por el aguacero, cadáveres tiritando de frío en la noche, cadáveres sudando al sol en el mediodía. Se habían quedado presos porque el motorista huyó con su bote apenas llegaron, incapaz de resistir el olor de putrefacción de tantos muertos sin sepultura, la visión de los cadáveres en la calle, y la algarabía de los gallinazos y los perros voraces.
El Atrato es una de las mayores tumbas.
Rio Sucio 2002
Foto del periodico EL COLOMBIANO.

            Los policías les metieron apresura­damente en el bote y les llevaron a la quebrada más cercana, para que se dieran un baño que les quitara el hedor de cadáveres que exhalaban, y aún les hicieron bañarse otras dos veces más antes de llegar a Tagachí, y tirar los trajes de hombres importantes y salvadores de la Patria con que iban vestidos, que apestan a muerto, carajo, que les hace que tengan que ir en bola, y volverse a bañar con aguardiente, todo antes de darse cuenta de que aquel olor nunca se les iba a quitar, porque era tan penetrante que no sólo se les había fijado en la piel y los huesos, sino que se les había metido dentro del alma, y les iba a acompañar mientras vivieran, y aún después de muertos. Sin embargo la gente terminó por acostumbrarse al olor a muerte que llevaban los políticos donde quiera que iban, y todos ellos hicieron buena carrera y murieron ricos y rodeados del prestigio de haber sido hombres valientes que con su sola presencia desarmada hicieron huir un grupo de peligrosos chusmeros que habían destruido un pueblito de pescadores que por aquel entonces ni nombre tenía.