sábado, 10 de marzo de 2018

CAPITULO 15- NO SE PORQUE ME MATARON


15- NO SE POR QUE ME MATARON.     

        El niño se sienta a pescar. Sabe que está solo, pero a cada momento mira hacia atrás, como temiendo  que el padre se le haya acercado sigilosamente para agarrarle por la espalda y azotarle. El miedo le daña su mayor placer. Al fin la angustia se hace insoporta­ble, y exclama en voz alta.     
     - ¡Voy a limpiar el colino!.

      El colino estaba perdido de maleza, batatilla que trepaba por los troncos y amarraba las hojas, rascadera y cañabrava, y hasta pequeños arbolitos. Cuando llega el breve crepúsculo el niño tiene los muslos cortados de cañabrava y la espalda hinchada de los mosquitos, pero ha limpiado sólo un ridículo trocito de colino. Llena el bote de plátanos olvidados que han caído al suelo de puro maduros, y sus troncos, que es preciso cortar para que la mata para un nuevo racimo, y de palos; comida para los marranos y el fuego, siempre hambrientos.

     El niño se despierta y mira hacía el caño, allí donde la trocha cae a la ciénaga: seguramente se ha despertado ya varias veces en la mañana, porque siente la sensación de que está realizando un gesto reiteradamente repetido. Pero allí no hay nadie, y se vuelve a dormir. Sabe que tiene que ir a limpiar el colino, porque aunque el padre no haya venido hoy, mañana puede venir, pero está cansado, y no hay prisa por ir al trabajo; al fin y al cabo, ya casi está terminado.

     El hombre salió al amanecer, y ya es noche cerrada cuando al fin la balsa sale al gran río. Le duelen los brazos, y el último tramo es el más duro,  pues tiene que remontar la balsa aguas arriba. El río está bajo, y en la oscuridad profunda de una noche sin luna ni estrellas sólo se distingue el barranco de la orilla como una sombra más densa. Junto a ella los balsos son una mancha blanca.

     El hombre teme, sobre todo, el ruido que podría delatarle. Sube lentamente. La casa del compadre no se alcanza a ver, no hay luz en ella; sólo las huellas de pasos en el barranco le dan la seguridad de que su instinto no se equivoca. Sube lentamente. No entra por la puerta delantera, sino que rodea lentamente la casa, hasta encontrar el hueco de la cocina. Entra con el canalete en una mano y el machete horizontal en la otra, defendiéndose de un golpe imaginario en la cabeza. El fogón está frío. Hay un ruido de ratas asustadas, posesionadas de la casa como si nunca hubiera habido nadie en ella. El hombre teme que el viejo se haya ido para no entregarle la hija, pero tanteando sobre el fogón encuentra las pequeñas posesiones del compadre; la coca de la sal, el candil del querosén, la caja de fósforos, el cuchillo de picar revuelto. Y sigue adelante.

     En la sala el olor le alerta. Es un olor suave, dulzón, que lo impregna todo suavemente y brota de todas partes. El hombre trata de olfatearlo, y entonces no lo siente. Sólo cuando se distrae de él y avanza  tanteando las tinieblas el olor vuelve a enervarlo. Otra vez queda inmóvil, y el olor desaparece, y vuelve a avanzar; entonces, al pisar una sustancia espesa y viscosa, el hombre reconoce el olor, y se le clava en la cabeza como una obsesión: sangre, sangre, sangre... La palabra le martillea y le llena de miedo: sangre, sangre, sangre... El miedo le hace retroceder. En la puerta que da junto a la cocina permanece indeciso, acuciado por el deseo y retenido por el miedo. El ruido de las ratas otra vez en la sala le tranquiliza. Busca en la alacena el lugar donde el viejo esconde los fósforos. Tiene miedo de prenderlo, y apenas lo hace lo arroja lejos de sí; en el breve instante que el fósforo está en el aire al hombre le ciega el rojo brillante de la sangre que cubre todo el suelo, y que en el centro se recoge para tomar la forma del cuerpo de la niña. El hombre espera inmóvil el movimiento de alguien alertado por la luz; pero, menos las carreras de las ratas, huidas un instante, nada más se mueve; salvo la presencia terrible de la sangre en la casa no hay nadie. El hombre prende un segundo fósforo para buscar el candil; el candil tiene la mecha quemada, como sucede cuando dejan arder hasta que el combustible se agota. No tiene paciencia para buscar la botella de querosén que el viejo debe tener escondida en  alguna parte de la cocina, y prende unos capachos secos de maíz que la muchacha guarda para comenzar el fuego. Todo en la cocina está en orden, cada cosa donde la muchacha lo deja.

     En la sala necesita un momento para que los ojos acostumbrados al resplandor de las llamas se acostumbren a la luz escasa, y vean la gran mancha de sangre, el cuerpo desnudo y ensangrentado de la muchacha, la boca con los dientes blancos brillando, los ojos abiertos mirándole con miedo, cortadas las flores nacientes de los pechos, y la grieta tierna del sexo abierta a machetazos hasta más allá de la cintura.

     El hombre se arrodilla junto a la niña; de la boca inmovilizada por la muerte sale un hilo de voz tan tenue que el hombre no sabe si oye o cree oír. "No me hagas nada; no fue culpa mía. Yo te estaba esperando, pero en vez tuya vinieron los blancos. Yo no me resistí, solo grité cuando me cortaron los senos; cuando me abrieron hasta la cintura no me importó, porque ya estaba muerta. No sé por qué me mataron".

     Los ojos de la muchacha siguen mirando con un  miedo infinito, y el hombre se pregunta con dolor porque se seguirá sintiendo miedo más allá de la muerte. Siente piedad por esa pobre niña que vivió con miedo, murió con miedo, y ahora va a seguir con miedo por toda la eternidad, y le cierra los ojos con la mano para que al fin pueda dormir y descansar, pero el miedo de la muchacha es tan intenso que la obliga a abrir los  ojos y mirar alrededor:

     "Ten cuidado. Alguien viene".

     El hombre corre hacia la cocina y apaga el fuego. Luego se coloca detrás de la puerta con el machete en alto. Y en el momento en que la silueta del hombre se recorta en el vano de la puerta descarga el machetazo con toda la fuerza contenida del miedo. El machete suena como si hubiera chocado contra una piedra, y una esquirla de metal vuela por el aire; la cabeza del hombre se aparta en dos mitades iguales, y el cuerpo cae al suelo como si nada le sostuviera debajo. El negro gruñe de alegría súbita, porque la muerte que ha encontrado ese desconocido es una muerte vieja, la muerte que su mujer y su contrario tenían preparada para él; siente humedad en los labios y se relame la sangre que le ha salpicado en la cara; se vuelve a la muchacha y le dice alegremente:     
-   Ese hombre ya nunca más te hará daño.     
-   "Gracias".

     El hombre ha caído fuera de la casa; el negro sale afuera y limpia el machete en la camisa del muerto; es un hombre blanco. "Ten cuidado con los hombres blancos -le han dicho desde niño-; los blancos son perezosos, ladrones y mentirosos. Te engañarán con falsas promesas, te harán trabajar para ellos, y luego te robarán; ellos son los amos de las leyes y las armas; si quieres revelarte, sus leyes te condenarán, y te matarán". Y ahora están allí. Han venido a robarles sus panas, sus machetes, su pescado y sus mujeres. Robarán, matarán y violarán, y su pueblo será destruido, como tantos otros.

     La voz de la muchacha lo llama adentro. "No me dejes sola. Tengo miedo".
     - Te llevaré a mi isla, te enterraré allí, y ya nunca más podrás tener miedo. El hombre la coge en brazos y sale con ella hacia la balsa. Pasan junto al muerto y la niña mueve un poco el cuello rígido para no mirarle. ¿Cuánto hará que murió la niña?
     "Él fue el que me violó, y luego me cortó los senos. No sé por qué me mató".

     El hombre baja con cuidado por el barranco fangoso. Pensaba haber robado un bote, pero ya no lo hará.

     Es fácil robar un bote; sus dueños los dejan en  la orilla, sujetos por la palanca clavada en el fango. Pero ya no irá al pueblo, ya no robará un bote, porque  el pueblo ya no existe. Ahora sólo existen los blancos, y el miedo. Se irá en su balsa, inmediatamente, antes de que los blancos regresen; se irá a su ciénaga, solo, libre, con su carga de pescado y su novia muerta. Los blancos son la muerte; pero él no va a morir, el vivirá.

     Pero la balsa ya no está. El blanco la echó aguas abajo, sin importarle su preciosa carga de pescado, y lo dejó prisionero.

     Acostumbrado al bote como una prolongación de sus piernas, al agua como camino, el hombre toma conciencia en ese momento de lo encerrado de su pueblo; apenas un claro andable en la orilla del gran río, una hilera de casas apretadas por el río y la ciénaga, y la selva envolviéndolo todo; fango, espinas, mosquitos, hormigas, culebras, humedad, espíritus, fantasmas y muanes.

     Por un momento piensa en echarse aguas abajo; tal vez alcance a nado la balsa que flota en la negrura de la noche; o pueda llegar hasta el caño por donde se entra a las grandes ciénagas, y una vez allí construir una balsa de cualquier madera que flote y llegar a su isla en la Ciénaga del Animal. Pero el temor a caer en un remolino le clava en la tierra; de día, cuando uno los ve, y en una champa difícil de hundir, los remolinos no son peligro; en la noche, sin verlos, y con lo fácil que es llevar un nadador al fondo, el más pequeño de los animales le sorberá. Y él no quiere morir en el fondo del agua, viendo los ojos burlones del animal cuando le sorbe muy lentamente entre los labios apretados.

     Podría esconderse en la selva. Un negro que mató a otro del pueblo se aguantó dos días escondido antes de salir derrotado por el hambre y los mosquitos a la montonera de los machetes que lo picaron. Otro se escondió a unos pasos del pueblo, en la bamba de una ceiba, y ese nunca salió; encontraron su esqueleto porque una luz verdosa iluminaba el árbol de noche. Tal vez, en dos días, los blancos se hayan ido del pueblo, y entonces pueda robar una champa; sin una champa está muerto.
     "Tengo frío".
     El hombre sabe que los muertos sin mortaja sienten frío, y se aparecen por años a sus parientes quejándose de frío. La voz de la muchacha le saca de sus cavilaciones, y se da cuenta que también él está temblando de frío y miedo.

     La humedad del río le enfría el corazón.

     Con la niña en brazos vuelve a subir el barranco. La tiende en su cama, la envuelve cuidadosamente en su lona blanca.
     "Ponme los pechos en su sitio, para que pueda dar de mamar a mis hijos".

     El hombre no puede concentrarse en la búsqueda. Cada vez que prende un fósforo, el resplandor le asusta. Al tercer fósforo, exclama con desaliento:     
-   Ya no están; se los comieron las ratas.     

     La niña, con tristeza profunda:     
     "Ahora ya no podré tener hijos".

     El hombre no encuentra nada que decir; la toma en brazos con cuidado y la lleva por la breve trocha hacia el cementerio.
     - Te enterraré en el cementerio, con tus compañeras las ánimas; así no estarás tan sola, ni tendrás tanto miedo-
El hombre siente por la muchachita muerta una ternura que no ha sentido por nadie vivo. Con el machete deshierba un pedazo, y cava un hueco poco profundo. La tierra del cementerio es blanda.

     Dos hombres vienen por el camino, alumbrando con linternas hacia el frente; las luces se ven a lo lejos. El negro deja la muchacha y corre hacia atrás, a esconderse entre la hierba alta. Teme que el olor a hierba cortada y tierra removida le delate. Pero los blancos pasan hablando descuidadamente, sin preocuparse de nada.     
     - ¿Y para qué tenía que venirse por aquí solo?     
     - Ya sabes como es. Debe estar encaramado encima de la muerta.

     Cuando las linternas han pasado, el negro se atreve a levantar la cabeza y mirar; los blancos van despreocupados, con los fusiles al hombro con el caño hacia el suelo; si les hubiera acechado tras un árbol, hubiera podido matarles a los dos; no lo hizo, tuvo miedo hasta de mirar, la oportunidad pasó y ahora siente rabia contra sí mismo.

     Apresuradamente coloca la muchacha en el hueco, y le tira tierra encima. La niña le mira con sus ojos grandes de miedo, y él no puede llenárselos de tierra; intenta estirar la mortaja para tapárselos, pero no le alcanza. No sabe qué hacer. Al fin se los cierra con su mano, coloca su propia camisa encima, y pone tierra para que el peso se los mantenga cerrados.     
     - Duerme, niña, duerme.     

     Siente ganas de llorar. Es extraño, nunca antes le había pasado eso.

     Los blancos vuelven a pasar por la trocha. Ya no hablan, ahora van iluminando a lado y lado, y el fusil en la mano apunta las sombras. El negro los ve pasar. Las linternas sólo sirven para provocar sombras, y él es también una sombra negra en la negrura de la noche.  No le descubrirán fácilmente, y por primera vez en su vida se alegra de ser negro. Ahora siente menos miedo que antes, porque los blancos tienen miedo de él.

     Ahora que la garra del miedo se ha aflojado un instante sobre su garganta, piensa que la posibilidad  de escapar es robarse una champita en el pueblo; regresa a la casa del compadre, y toma el canalete que había dejado por inútil. Él va a ir al pueblo, va a conseguir un bote, no va a dejarse morir; si una vez venció al Animal, también escapará de los blancos.

     Camina lentamente por la trocha hacia el pueblo, preocupado de no hacer ruido y escuchar todo. Los pies descalzos pisan una masa fría y blanca, y salta temiendo haber pisado una serpiente; le cuesta reconocer que eso que hay allí, esa masa informe, es el cuerpecito de un niño recién nacido. Le han pisoteado hasta reventarle las tripas, licuarle los huesitos cartilaginosos, disgregarle la cabeza; los duros tacones de las pesadas botas militares han atravesado la piel y la carne, y han hecho profundas huellas en la tierra. A un lado, desprendida de su brazo, hay una manita envuelta en su manopla de lana; es lo único reconociblemente humano de ese niño tierno. El hombre la recoge con cuidado, lleno de odio hacia los blancos, y se queda indeciso con ella. Luego vuelve hacia la sepultura de la muchacha, escarba la tierra removida, y la destapa la cara; ella abre los ojos sorprendidos y llenos de miedo.     
     - Mira, no tiene quien le cuide. Ahora es tu hijo. Cuídale.
     "Gracias. Ahora es mi hijo. El pobrecito llevaba mucho tiempo llorando solo".

     Los niños chocoanos son propiedad colectiva; cualquiera les da de comer, a cualquiera hacen mandaditos, cualquier hombre del pueblo pudo haber sido su padre. El hombre se sorprende mientras camina pensando con lastima en la muchacha que fue la madre de aquél pobre niño. La lana de la manopla estaba ya desgastada, como lana usada antes. La mamá debía haber deshecho un suéter, cualquier otra de sus prendas para hacer esa pobre manoplita que defendiera al recién nacido de arañarse. Se pregunta si se lo quitaron a la fuerza y lo pisaron delante de ella, o si lo habrían dejado caer en el terror de la fuga. Nueve meses de espera, los dolores de un parto, la mamada sobre el seno amoroso, todo para terminar bajo unas botas militares. El hombre llora de rabia.

     Camina silencioso, en una mano el machete, el canalete en la otra. ¿Dónde estarán los blancos?

     Al llegar al pueblo se sale de la trocha para no atravesar el caño por el puentecillo de troncos. Se arrastra por la selva domesticada, cruza el caño hundiéndose hasta la ingle en el barro, y consigue salir al otro lado, a la calle polvorienta del pueblo. Hay una leve claridad que anuncia la salida de la luna, y el hombre sonríe al ver la silueta de un blanco apuntando con su fusil hacia el puentecillo.

     Busca la seguridad en los pequeños huertos de detrás de las casas, junto a la ciénaga. El hombre ve los cadáveres de las mujeres atoradas en el fango, flotando sobre el agua, todas uniformes, la cara dentro del agua, espaldas morenas agujereadas; las bateas están junto al agua con sus pilas de ropa y el manduco encima, como si las lavanderas fueran a volver en un momento a reanudar el trabajo; pero el hombre sabe que no vendrán, que ya las sardinas les han comido los ojos y los quícharos las han arrancado los pechos a mordiscos.

     Aspira los vapores de la muerte, y se tambalea; es el miedo quien le sostiene, le hace cruzar los huertecillos de yucas, esconderse bajo una de las casas.

     Unos pocos pasos más, cruzar el espacio despejado de la calle, ganar el barranco con su protección de sombras, y allí las champas, y en ellas, la vida.

El negro mira a todas partes desde su escondite  bajo la casa, y no ve a nadie. La luna con ansias de salir le apremia; en una decisión brusca sale corriendo, tan agachado como puede. Tropieza con un tronco de árbol, un tronco que nunca antes estuvo allí, y cae de bruces al suelo. No se vuelve a mirar porque él sabe que no es un tronco, sino un muerto, que toda la calle está cubierta de muertos. Se tumba para parecerse lo más posible a uno de ellos, avanzando muy lentamente.

     A su izquierda un hombre gime. Le han cortado los pies y las manos, y alarga hacia él un muñón negro donde la infección pone vetas verdes. 
     - Hermano, llevo dos días penando... Ayúdame.

     El negro le reconoce. Era un hombre grande y fuerte; también él tenía una buena casa, buenas mujeres, buena champa. Otras veces han peleado por una muchacha, por un sitio donde tender los anzuelos, por un tronco bajando en la corriente del río. Ahora se da cuenta que aquél negro era un hombre igual a él, con sus mismos intereses, temores y esperanzas, negro como él, y que toda su historia les une. No puede negar el favor que le pide, y rueda junto a él, le pasa el machete afilado como una caricia por las venitas del cuello.
     - Soy tu amigo... Duerme.

     La yugular cortada deja salir tres latidos de sangre, mientras el herido le mira con gratitud; quiere decir algo, pero los párpados se le cierran lentamente, y muere.

     Elombre se siente triste. Por un instante en su vida ha tenido un amigo, y ahora está otra vez solo. Rueda dos veces más sobre sí mismo, y alcanza el barranco. Se deja resbalar hasta el agua.

     ¿Dónde están las champas, las canoas, los botes? Antes las orillas vivían llenas de ellos; ahora no hay ninguno. Pero tiene que haber al menos uno: los blancos no pueden ser tan locos como para quedarse encerrados sin un bote, en ese pueblo lleno de muertos.

     El negro ha subido por la ciénaga casi hasta la cabecera del pueblo, y ahora se deja deslizar río abajo, asomando apenas la cabeza fuera del agua, y tanteando con los pies el fondo arcilloso. Lleva el canalete en la mano izquierda, como un apoyo, y el machete, por primera vez en mucho tiempo, reposa en su vaina. En el frío de la noche el agua se siente caliente.

     Hacia el centro del pueblo le parece ver un grupo de embarcaciones. Seguramente allí estarán los blancos, porque enfrente está la única casa del pueblo con techo de zinc. Y allí conseguirá una champa.
     "Y cuando me vaya en mi champa, lanzaré todas las demás al agua, como ellos lanzaron mi balsa. Los blancos se quedarán encerrados en el pueblo, encerrados con los muertos. Cuando el sol caliente los cadáveres se pudrirán, y ellos se volverán locos".

     Si, allí están las champas.
     "Dijeron a los negros que las juntaran todas aquí, y los negros obedecieron. Luego se colocó allí un hombre con un fusil, disparando a todo el que se acercara para que nadie pudiera escapar. Luego empezó la matanza".

     Pero hay algo extraño entre las champas; un bote largo y alto, como nunca lo hubo en el pueblo.
     "Allí vinieron los blancos. Ahora cargarán el  bote con todo lo bueno del pueblo, el pescado, las cacerolas, los machetes, las barras de hierro, el plátano, y se irán. Pero yo lanzaré su bote aguas abajo, como ellos lanzaron mi balsa".

     Le intriga pensar porqué lanzaron su balsa al agua. ¿Acaso no vieron las veinte arrobas de pescado en ella?

      Y sentado en el bote, con un fusil cruzado sobre las rodillas, un blanco.

     El negro ya no puede retroceder. Sigue bajando hacia las champas. Hay tres champas, y luego el bote con el blanco sentado en el centro; las demás champas deben estar detrás, pero no se ven. Al llegar cerca se sumerge.

     Incluso en pleno día, las aguas lodosas del Atrato no dejan ver en ellas; bajo la leve luz que anuncia la salida de la luna son completamente opacas. Pero el hombre está acostumbrado a ellas. Tantea con la mano las tres champas, el bote que cala más profundo, apoya las manos en la quilla sumergida del bote, con la cabeza empuja hacia atrás las tres champas, muy lentamente. Abriendo un hueco entre el bote y las champas, clava los pies en el fondo poco profundo, toma el machete en la mano, y se levanta fuera del agua mientras suelta el machetazo. El filo pasa tan rápido por la garganta del blanco sentado, que ni siquiera lo ve, no siente el golpe sutil, no comprende que el negro que está enfrente a él, riéndose con el agua a la cintura, le acaba de degollar. Solo cuando siente el calor de la sangre corriéndole por el pecho intuye lo que ha pasado, se lleva la mano a la garganta y siente los borbotones  de sangre escapársele entre los dedos, se horroriza; quiere gritar, y sólo puede  emitir un glugluteo; intenta respirar, y se ahoga, porque tiene los pulmones encharcados en su propia sangre. Se pone en pie, quisiera correr, huir de ese negro que se ríe y se ríe, llamar a sus compañeros, resbala y cae al río, ahogado antes de tocar el agua.

     El negro aún se ríe. "Para los gallinazos de la palizada, amigo". Los gallinazos están gordos, ha sido un buen tiempo para ellos.

     El negro elije para si una buena champa, estrecha y rápida, y lanza las otras dos al agua. Agarra el bote por la punta que tiene en tierra, lo desvara, y lo empuja al agua con todas sus fuerzas. El bote se va rápido, hasta que una cadena con que está atado se templa dando un cimbronazo que conmueve la casa de los blancos.

     De la casa cercana salen voces:
     - Pendejo, si el bote no lo atamos a la casa, se te va.
     - ¿Estás dormido, o que'es la vaina?

     El negro deja de reír. Otra vez siente miedo. Se sienta en la champa elegida, y rema rápido hacia el centro del río. De la casa sale un hombre con una linterna.     
     - Maldito pendejo, ¿Te caíste al agua dormido?

     La linterna alumbra el agua, rosada y lenta, y el cuerpo que flota.     
     - ¡Le mataron! ¡Mataron al Sinsonte!

     Hay un eco de voces gritando:
     - ¡Le mataron! ¡Mataron al Sinsonte!

     El negro se aleja silencioso en su champa, bendiciendo la oscuridad que le protege. Y en ese momento, enorme y redonda, aparece en el cielo la luna llena que una nube retrasaba. Con el resplandor azuloso y brillante el negro ve las casas del pueblo pasar rápidas junto a él, los muertos de la calle, los blancos que corren. El agua brilla como un espejo. Noches como esta son las que él siempre ha ansiado para ir de caza; pero ahora levanta el puño al cielo y maldice, porque esta vez, él es la presa.

     - ¡Miren! ¡Fue ese negro! ¡Por allí va!
     - ¡Rápido! ¡El motor! ¡Las llaves de la cadena!

     El negro siente que la amargura lo invade: ¡Los blancos tienen un motor! Si los blancos tienen un motor, son ricos. Todos los negros sueñan con tener un día un motor que los libere de su penoso destino de bogas, y nunca lo logran. Los aguacates se pudren, y el plátano se madura antes de llegar al mercado en Quibdó. Dos días con la palanca en la mano, noche y día. Pero ni juntando todo lo que tienen entre todos los negros del poblado tendrían con que comprar un motor. Y lo que puedan robar a los blancos, no alcanza tampoco para la gasolina. El motor es para los blancos. Para los negros, la palanca y el canalete, y el hambre.
     "La Paisa tenía razón. No han venido a robar. Han venido a matarnos, porque somos pobres. Los ricos tienen miedo, porque cada vez hay más pobres".

     Los pensamientos del negro son amargos. "Con un motor me alcanzarán enseguida".

      Recurre a un truco desesperado, un truco que usan algunas guaguas viejas y experimentadas para escapar en el agua de los cazadores; se separa de la orilla, buscando la corriente rápida del centro del río, como  si fuera a marchar largo trecho aguas abajo. Desde el final del pueblo, el blanco que le esperaba en el puentecito del caño le hace tres disparos de fusil, pero el negro no se inquieta, sabe que está lejos, y que en la superficie llana del agua las distancias y los movimientos son engañosos; se limita a sentarse en el fondo de la champa para ofrecer menos blanco.

     Los blancos aún no han conseguido abrir el candado que asegura el bote a los pilares de la casa con una larga cadena de hierro. Pierden preciosos minutos bañando el candado en aceite para vencer la corrosión de la humedad tropical. Luego el motor tarda en prender. Los blancos maldicen mientras el bote baja perezosa­mente por el río, entre humo y explosiones. Sigue remando rápido, por el centro del río. Pasa a la altura del caño; es la entrada que lleva a la ciénaga de detrás del pueblo, con su vegetación de mujeres asesinadas, luego a la gran ciénaga, y al Caño del Remolino, a su ciénaga, a la casa donde su hijo lo espera; pero sigue remando aguas abajo; los blancos le ven alejarse desesperados, y el motor no prende. Pero cuando el río lo oculta en una prolongada curva, el negro rema rápido hacia la orilla y vuelve a subir. Es el momento en que oye el ruido acuciante del motor; se oculta en la sombra de un árbol cuyas ramas rozan el agua; es una preocupación innecesaria, porque los blancos lo buscan en el centro del río y pasan rápidos, sin mirar siquiera las orillas. Cuando el bote toma la curva el ruido se debilita; el negro vuelve a remar aguas arriba. Los blancos no saben de canoa, se irán lejos buscándole, mucho más lejos de lo que él nunca se hubiera podido ir, y cuando se den cuenta de que él se les escondió, no sabrán donde buscarlo.

     Otra vez vuelve a ver el caño que lleva a la ciénaga. Una vez dentro, los blancos nunca podrán encontrarlo. Una vez un cura se adentró solo a pescar, y los hombres del pueblo lo encontraron a los días, perdido, sin saber hacia dónde ir, y con el cuerpo hecho una llaga de los mosquitos.

     El motor se vuelve a oír más fuerte, y el negro sabe que los blancos vuelven; han ido apenas un poco más abajo de lo que él habría podido ir en su champa. Suben registrando la orilla; el ruido es distinto cuando entran en una bahía, o en la boca de un caño, o en las quebradas que caen al gran río; son breves momentos, y el ruido angustioso se oye cada vez más cercano; el negro no comprende cómo los blancos han podido ser tan astutos, y empieza a sentir la triste, terrible sospecha, que sólo comprobará al amanecer, en el embarcadero junto al remolino.

     Pero ya está llegando al caño que lleva a la ciénaga. Allí los blancos nunca podrán encontrarle.

     Es un alivio entrar en las aguas quietas y anchas de la ciénaga. Atrás quedó el pueblo, con el hedor de cadáveres que lo paralizaba; y el río con la palizada donde aleteaban sin poder volar los gallinazos ahítos de carne. El horizonte confinado entre las orillas del río se abre en lejanías; sin el empuje contrario de la corriente, la estrecha champa se siente más ligera. Sólo la sospecha le atormenta y le roba la  alegría; es tan fuerte que en vez de dirigirse en línea recta hacia la salida de la segunda ciénaga sigue por la orilla izquierda; el camino más largo. Irá dando una larga curva, por los lados donde la hierba acuática semeja praderas y los manglares invaden la ciénaga, y lo que parecen ser aguas profundas no son sino lodazales húmedos, donde las champas se quedan pegadas como una mosca en la savia del cauchero.

     El motor se vuelve a oír. El negro ve el bote que avanza en línea recta hacia la salida contraria, por el rumbo donde él habría ido si su sospecha no lo hubiera alertado. Llegan hasta el final de la ciénaga, y luego tuercen en ángulo recto hacia la orilla derecha y regresan hacia atrás, registrándolo todo; el motor suena lento, porque navegan entre los árboles que crecen en el agua; hasta encienden sus linternas cuando la oscuridad se hace demasiado densa bajo las copas unidas, y apagan el motor para meterse en marañas de árboles caídos.

     El negro avanza rápidamente, casi tanto como el pesado bote de los blancos, sin preocuparse de esconderse porque el ruido le indica que están demasiado lejos para verle, con los ojos enceguecidos por el resplandor de las linternas. Registrando la orilla, los blancos han llegado hasta el caño por donde él entrara, y navegan ya por su orilla; el motor se oye cada vez más cerca, y el negro busca un escondite seguro; en una pequeña ensenada que las tormentas han llenado de árboles flotantes voltea boca abajo su champa, y la mete como uno más entre los gruesos troncos. Cuando el motor pasa él está dentro del agua, respirando el escaso aire de debajo de la champa. El resplandor de una linterna pasa sobre él, y dentro del agua el ruido del motor ensordece, pero los blancos se alejan. Cuando el negro termina de enderezar su champa y achicarla las luces le buscan otra vez tenazmente en la orilla contraria. Sigue remando y logra salir de la ciénaga abriendo un surco en la vegetación espesa de un estrecho caño que lo lleva a la otra ciénaga. Siguiendo ese trazo los blancos salen de una ciénaga para entrar en otra, y la persecución continúa.

     Los blancos parecían leer los indicios minúsculos que sólo los negros ven: el animal asustado, la ramita recién rota, las hierbas flotantes apartadas, el lodo del agua removido por el canalete; nunca el negro volvería a pasar una noche como aquella, en que conoció todos los temores y esperanzas del animal acosado, cada vez más cerca de la salvación, y cada vez más cerca de ser atrapado.

     Cuando atravesaba un espacio de aguas abiertas, sin escondite posible, el bote de los blancos se le acercó a toda velocidad; en el último momento la hélice chocó contra un tronco sumergido, y pudo escapar  mientras cambiaban el pasador roto por el golpe, pasó por zonas de lotos, donde la hélice de los blancos  necesitó ser limpiada con tanta frecuencia que el bote fue más lento que la champa; pero luego se le adelantaban, le buscaban en los sitios donde él debía de estar, le esperaban en los pasos claves, como si de antemano supieran donde iba, y el sólo podía esconderse entre la maraña de la ciénaga, esperando que los blancos pasaran sin verle para realizar otro corto avance.

     En el Caño del Remolino le sorprende la claridad rojiza del atardecer; pero los blancos se oyen lejos, y el negro una vez más respira aliviado.

     Las hazañas de Elombre, en esa noche de terror, se contarán de padres a hijos por muchos años, en las tertulias nocturnas del anochecer, junto a las llamas del quinqué:
     - "Siete veces estuvieron los blancos a punto de alcanzarle, y siete veces los burló: primero como la guagua, y luego como el caimán; luego como la nutria y la culebra, y  como el pato y el cangrejo, y luego como la iguana. Y luego...
     - Luego ¿Qué pasó padre?     
     - Luego..."

viernes, 12 de enero de 2018

Capitulo 14. Y MIENTRAS ESTÉ FUERA, LIMPIAS EL COLINO

Y MIENTRAS ESTÉ FUERA, LIMPIAS EL COLINO

Los días siguientes fueron de nuevas actividades. Cuando despertaron, con el sol ya alto, el padre estaba feliz.     
            - Vamos a bañarnos.

            Se bañaron con gozo. El niño buceaba y arrancaba del fondo lodo arcilloso, se lo restregaba por el cuerpo desnudo, o se lo lanzaba al padre, y los dos tenían que volver a bucear para volver a limpiarse y  volverse a ensuciar. El padre se limpiaba metódicamente, inflando cada músculo antes de restregarlo, orgulloso de su fortaleza, de su cuerpo de macho. Se quitó la eterna pantaloneta, y se la tiró al niño.     
            - Límpiala.

            La risa del padre hacía brillar al sol los dientes blancos; la luz se rompía en destellos en la piel bruñida, tensa y mojada. El padre se dejaba admirar y elevaba los brazos para destacar los bíceps que una vida de machete y remo habían hecho enormes. Pero al des­cubrirse desnudo, al aire su pene gigantesco, le tiró agua a los ojos.      
            - Vamos peladito, dejá de ser ocioso; limpiá la pantaloneta, y ponéla al sol.

            Se da media vuelta, y entra en la casa. Descuelga unos pantalones de trabajo, tantos parches cosidos uno sobre otro, que no sabría de qué color son si la mugre no les hubiera dado un color pardo uniforme; están rígidos de sal sudor y costras de barro; los usa  para defenderse de los cortes de la cañabrava, de las espinas, o de la savia de las rascaderas cuando abre  monte. Ahora que el baño le ha llevado su propio olor, se asquea con el hedor que despide.     
            - Hay, pelado, estás muy perezoso, y te vas a ganá otra cueriza. Mañana limpiarás toda mi ropa.     
            - Si, padre.

            El niño lava la pantaloneta sobre la patilla de la champa; la agita en el agua, la dobla, la coloca sobre la punta de la madera, la golpea con un palo hasta que deja de salpicar, la vuelve a mojar; al final la deja tendida sobre el mismo palo. Bajo el sol ardiente, la pantaloneta despide un vapor denso.

            El padre ha hecho el desayuno: plátano y pescado asados en las brasas. Los comen con las manos a grandes cachos; cuando el padre termina se frota las manos grasientas en los muslos, y grita:     
            - ¡Pescado! ¡Pescado! ¡Estoy harto de comer pescado! Hoy vamos a comer carne. ¡Vamos a matar un cerdo!

            Su voz es la de un hombre enojado, pero sus ojos y boca ríen. El niño, acostumbrado al silencio taciturno en que el padre se envolvió antes de su ida al pueblo, comprende que un nuevo tiempo ha llegado, un tiempo bueno y alegre, lleno de comida; un tiempo tan bueno como cuando con su madre era todavía un niño y jugaban  a hacerse cosquillas bajo la cobija de la cama.

            Al niño se le hace la boca agua de pensar en la carne; la carne es para los adultos, para los hombres, algunas veces también para las mujeres; casi nunca para los niños. Una vez, en un velorio, la familia repartió carne de cerdo el primer día a los hombres y mujeres que habían acudido a cantar al muerto; su madrina le dio el cuero porque ella ya no tenía dientes con que masticarlo. Eso fue el primer día, y él ya no faltó ninguno de los nueve días, pero no volvieron a dar sino aguapanela insípida y ahumada, con mucha agua y poca panela. Algunas veces, cuando el padre ha matado una guagua, un guambé, un tatauro, un zaino, ha habido hebras de carne para todos, y se han juntado las mujeres con sus niños, y han hecho fiesta; pero siempre eran muchos, demasiados, y la carne poca.    
           
            El niño sabe que el hambre es el estado natural del negro, y antes de llegar a la Ciénaga del Remolino su vida ha sido un permanente hambre interrumpido con pocas comidas ocasionales. Pero ahora va a comer carne. ¡El padre va a matar un cerdo! ¡Un cerdo para ellos dos! Y se siente tan alegre que comienza a cantar.     
            - ¡Uuh, vamos a matar un cerdo! ¡Uuh, vamos a matar un cerdo! ¡Uuh....

            Matar el cerdo no fue fácil. Entre el pantano maloliente en que se había convertido la isla, el padre los persiguió inútilmente. Entonces recurrió a quedarse inmóvil y tratar de que el niño los arreara hacía él. Y cuando ya desesperaban, uno acertó a pasar lo bastante cerca como para alcanzarlo de un hachazo feroz en el lomo. El cerdo siguió sin embargo corriendo aún durante casi una hora, hasta que el padre que lo perseguía consiguió cortarle una pata de atrás, y luego le partió la cabeza con el hacha. El hacha le alcanzó hacia la oreja derecha, se desvió y salió hacia fuera por la  mejilla. El niño acudió corriendo, atraído por el ruido seco, y aún alcanzó a ver al cerdo alzándose sobre las patas delanteras para olfatear el pedazo de cabeza caído en el suelo. Luego se dejó caer de lado, y las patas temblaron y se le pusieron rígidas e inmóviles.

            El niño volvió a cantar:     
            - ¡Uuh, hemos matado un cerdo! ¡Uuh, hemos matado un cerdo! ¡Uuh...

            Esta vez el padre no le secundó. Agarró de una pata al cerdo que volvió a gruñir, y lo arrastró hasta el bote. El niño caminó detrás, llevando la pezuña trasera y el pedazo de cara cuidadosamente agarrado de la oreja, sin dejar de cantar.
            - ¡Uuh, hemos matado un cerdo! ¡Uuh, hemos matado un cerdo! ¡Uuh...

            Todavía el cerdo se movió un poco cuando el padre le abrió la tripa y arrojó sobre hojas de plátano el laberinto de los intestinos, la masa rosada de los pulmones y un corazón rojo y humeante que aún alcanzó a latir tres veces entre las manos asombradas del niño.     
            - Los cerdos son duros de morir.     
            - Si, padre.
            - Los hombres mueren más fácil.

            El cerdo era un animal pequeño, de los que habían nacido en la isla. El padre lo fue reduciendo a huesos y tiras largas y estrechas de carne salada que el niño colgaba al humo ceniciento de la hoguera. Después del trabajo mandó al niño que medio llenara de agua la más grande de las pailas, una olla inmensa que usaban para secar el guarapo de caña y convertirlo en panela, y en ella puso a cocinar en pedazos el hígado, los riñones, los pulmones, el corazón, las orejas, la lengua, las pezuñas, el rabo y la piel de la cabeza aún con sus pelos hirsutos. Encargó al niño que consiguiera plátano del racimo que siempre tenían guindado, y él se fue en el bote. Volvió con un tesoro de comida: Yucas gruesas como la pierna de un hombre, guineos verdes, zapallos, ñame, tomates maduros, cebolla en rama, manojos de cilantros, mazorcas tiernas. Todo lo fue picando y  echando en el agua hirviente, hasta que los borbotones se derramaban. Hirvió hasta que se les acabó la paciencia y comenzaron a sacar, primero el caldo con la excusa de probarlo de sal, luego trozos de carne para ver si ablandaba, y la yuca por si estaba vidriosa y siguieron comiendo sin control, con hambre de siglos y generaciones, hasta que el niño sentía la piel de la tripa tensa como la de un tambor, dolorosamente tensa, pero aun así seguía comiendo y comiendo, porque aquello era lo más delicioso que nunca había  probado, y sin que la inmensa olla pareciera disminuir.

            Terminar ese guiso fue un arduo trabajo de tres días de duración; los tres mejores días de la vida del niño.

            Aquella olla estableció una nueva costumbre: la de la siesta al mediodía. Cuando volvían a la isla al mediodía, aguijoneados por la posibilidad de una nueva comida, el hartazgo y el calor ardiente les hacían caer en un sueño sudoroso del que sólo salían a la puesta del sol. Entonces el niño se bañaba porque se sentía maloliente, sin conseguir quitarse el mal olor de encima, porque era el mal olor de los comedores de carne, y faltos ya de luz para trabajar en las islas, y sin sueños para dormir, se dedicaban a desgranar maíz, a pescar, y a contar historias de brujas, espantos y aparecidos: la mula sin cabeza, el pájaro-pollo, la champa fantasma.

             Terminaron la olla cuando a base de calentarla y recocer se había transformado en un puré espeso que había que sacar a cucharadas, y que espesaba al enfriarse para cortarlo con cuchillo; el padre no volvió a cocer más carne, pero empezó una exploración sistemática de las islas, arrumando montones de comida. El hombre redescubrió la isla de los tomates, de los limones y las papayas, de los zapotes y badeas, y también él se sorprendió, porque tampoco sabía qué islas habían cultivado, y cuáles no, ni que habían puesto en cada isla en la pesadilla apremiante de la siembra. Una mañana se estremecieron de gozo al descubrir, en una isla olvidada, un piñal tan denso que tuvieron que abrir con los machetes un hueco para poder desembarcar. Otra isla está llena de ajonjolí, y en otra las granadillas se han apoderado de todo el espacio y ahogan los palos de guayabas. Un palo de marañones ya ha parido su primera cosecha, y los frutos yacen podridos en el suelo, entre brotes tiernos de nuevos árboles. Un palo de aguacate deja caer al agitarle sus frutos pesados, y hay caimitos y madroños maduros. Un árbol del pan, gigantesco, que no recuerdan haber plantado, está lleno de las enormes macetas del chachafruto. En islas umbrías, donde la presencia de la selva hace presentir que no han cultivado, hay sin embargo cacaoteros con el tronco lleno del fruto amargo. Otras islas alzan como un abanico las palmas magníficas de milpesos, con su fruto de leche y manteca, o los chontaduros afrodisíacos, o los cocoteros. Cinco palos de naranja tienen el suelo cubierto de azahar, y otros cinco de limones, enfrentados con ellos, soltaron ya sus frutos de oro.
            - No se puede dejar que los limones se pudran al pie del palo, porque matan la madre. Recoge los limones, y échaselos a los cerdos.     
            - ¿Es qué los cerdos comen limones?     
            - Estos sí. Y ten cuidado, no te coman a ti.

            La  dieta de troncos de plátano y cañas de maíz  seco que él solía dar a los cerdos se enriqueció con limones podridos, cañas dulces gruesas como el brazo de un hombre, cáscaras de granadillas y badeas, conchas de piña, vainas de churimos que crecían con las raíces en el agua, pesadas guamas, papayuelas macho, pulpas de cacao, marañones germinando, piñas picadas por las avispas o roídas por la chucha, caimitos manchosos llenos de gusanos, raíces finas de yuca.

            Los cerdos son ahora doce; están las dos cerdas de cría, inmensas, con los colmillos verdosos al aire, y las tetas flácidas arrastradas por el lodazal, y hay diez lechones, uniformes bajo la costra de barro. El niño los cuenta mientras les tira la comida, esparciéndola para que los marranitos coman sin que los alcancen las dentelladas salvajes de las madres. Comen tan desesperadamente que el niño los mira con cariño, protectoramente, solidario en su hambre, y se promete que siempre les seguirá dando de comer, con la misma constancia con que alimenta el fuego.

            En el frente de la casa que mira hacia el caño, el padre coloca montones de piñas olorosas, papayas enormes, la llama de los tomates, el oro de los limones, el marrón tierno de los zapotes. El padre mira satisfecho tanta abundancia. Los montones de maíz crecen, y nuevas mazorcas secas esperan su turno en los varales de las vigas. Sobre las frutas cuelgan un racimo de cada una de las innumerables variedades de plátano y banano. La casa se está preparando para deslumbrar a la muchacha comprada. El arrume de pescado crece, y la carne se seca al humo y al sol. La fertilidad de la ciénaga es también una promesa de fertilidad para la pareja que se espera. El ajonjolí se seca en el patio; el arroz crece entre el lodo. Cuando la muchacha venga...     
            - Mañana haremos una balsa.
            - Si, padre.     
            - Una balsa grande, que pueda con mucho peso.     
            - Si, padre.

            Al amanecer salieron a buscar los balsos. Desde el puertecito donde tenía amarrada la diminuta champa, más allá del pavor del remolino, el padre abrió una nueva trocha en busca de las tierras altas donde el balso crece. Otra vez la penumbra ardiente de la selva, los mosquitos enloquecedores, las espinas y las hormi­gas, la obsesión de la serpiente que se esconde entre la vegetación podrida del suelo, en los troncos de los árboles, en las ramas altas, que pica desde cualquier sitio. El hombre cree haber perdido el rumbo cuando se encuentra frente al légamo pantanoso que rodea la ciénaga, y perfora la trocha en dirección contraria para alejarse del terreno bajo, sólo para volver a encontrarse otra vez en la tierra acuosa. La trocha se vuelve circular, entre los tentáculos del agua omnipresente. Los balsos aparecen cerca del caño, tan cubiertos de parásitos que no es el tronco invisible, sino las hojas caídas lo que permite al hombre reconocerlo. Las lianas caen fácilmente a los primeros golpes, soltando una legión de hormigas que hacen huir al hombre descalzo. Sobre la madera blanda del tronco los golpes rebotan casi sin dejar señal. Es un trabajo tedioso. Al atardecer el árbol cae con un estruendo que levanta a lo lejos gritos de monos asustados. El padre tuvo que limpiar junto al árbol con su machete para lograr cuatro maderos, más largos que él mismo, y tan gruesos que apenas si los abarca con los brazos, pero tan ligeros que el niño puede levantarlos de la punta para que el padre los empuje. La balsa se termina en el agua, clavando sobre los balsos cuñas de madera para asegurar otros troncos menores transversalmente, y la clavan en el fondo con una larga pértiga. El trabajo ha terminado y vuelven por la trocha, oyendo a lo lejos el rugir hambriento del Animal.         
Balsa. Se usan para transportar, labar ropa, defecar, pescar, o como centro de actividad social.
     
             El resto del día se les va contando y atando pescado. A veces el niño mira al padre con ojos que son una pregunta, pero el padre está lejos.     
- Y mientras esté fuera, limpias el colino.

            El pescado está sobre la balsa, y el hombre tiene la palanca en la mano.     
- Si, padre.

            El padre clava la palanca en el fondo y empuja la balsa que se mueve pesadamente; aún allí se nota la corriente del remolino.     
            - Y al amanecer mira bien que yo no esté esperando para que me pases al otro lado en la champa.     
            - Si, padre.

            El hombre se aleja.     
            - ¿Cuándo vuelve, padre?
            El hombre, enojado:     
            - Cuando vuelva.
            Y el hombre se va por el caño hacía su terrible, inevitable destino.


            Los niños chocoanos no guardan registros de nacimiento, no celebran cumpleaños ni se molestan en saber su edad. Si fuera un niño blanco sabría que en ese día en que el padre se iba para siempre, estaba  para cumplir siete años. Pero si hubiera sido un niño  blanco habría muerto en la soledad de la ciénaga. El niño negro no murió porque apenas supo andar le pusieron en la mano un machete afilado, le tallaron un canalete a su medida, y empezó a trabajar con sus padres, a ganarse amargamente el plátano y el pescado nuestro de cada día. 

viernes, 29 de diciembre de 2017

Capítulo 13. El placer de la violencia.

ELOMBRE DE LA CIENAGA
Capítulo 13. El placer de la violencia.

El niño pesca. El padre no volverá hoy. Y si en el pueblo hay baile y aguardiente, tampoco mañana, ni tal vez pasado. Ya limpiará el colino mañana.

            Bajo el sol de las cuatro, el aire parece temblar. El calor adormece al niño. Unos destellos le hieren los ojos: es el machete bruñido que el padre agita allí donde el caño del animal se junta con la ciénaga. El niño guarda sus lombrices, y lanza al agua el bote. El padre le espera impaciente, cortando las estivas para mantener seco el bulto de sal. El hombre tenía un aspecto terriblemente agotado. Ni siquiera contestó al temeroso "Hola padre" del niño; colocó los palos para estivar el bulto, y se sentó adelante, dejando el trabajo de acabar de llegar a los golpes rítmicos del niño. Apenas salió al sol ardiente de la ciénaga la cabeza se le cayó floja sobre el pecho, y empezó a res­pirar ronca y pausadamente, como lo hacen a veces los borrachos cuando se desploman dormidos después de varios días seguidos de estar bebiendo. El niño pensaba: "Está cansado, no ha hecho sino bogar y bogar. No ha dormido, no se ha detenido en el pueblo". Aceptó la vuelta del padre como todo lo que sucede en la vida, como el sol que cada mañana sale a la misma hora, o como el aguacero del atardecer. El padre ha vuelto y el niño no siente alegría ni pena, simplemente una curiosidad profunda que oculta con la seriedad con que rema.




            Un instante antes de que el bote toque la arena de la playa, el hombre siente sobre él la frescura de la ceiba cósmica, y levanta la cabeza. Vuelven los olores conocidos: el humo agonizante de la hoguera en su volcán de cenizas, los arrumes de pescado viejo, el pescado fresco al sol, las hojas mohosas del techo, la cascada de maíz. Jala el bote fuertemente de la punta, para vararlo y que no se mueva mientras el carga el bulto de sal. Sus movimientos son precisos. "Tampoco ha tomado, ¿A qué fue al pueblo?" Descarga el bulto en el centro del tambo, donde no lo alcance el aguacero aunque llueva muy venteado, y lo oculta con cabecinegro que tiene en reserva para el día en que aparezcan goteras; es el reflejo de una vida defendiéndose de los otros hombres. El niño ha puesto a asar dos enormes pescados frescos. Lentamente, con una fatiga infinita, el hombre se desata el machete, deja la hoja allí donde suele dormir, y con la vaina vacía en la mano se acerca al niño por la espalda. Camina lentamente para no alertarlo. Lo agarra del brazo con un movimiento brusco, y lo sujeta al suelo.
            - ¡Hínquese! ¡Cuente treinta!

            El niño se arrodilla, y comienza a gemir. El hombre ordena "silencio", y el niño calla. Los ramales de cuero del machete flagelan al niño; el niño cuenta  los tres primeros golpes "Uno, padre, dos, treees" antes de volverse un  manojo aterrado de nervios que grita inconteniblemente y trata de escapar, pero el padre lo tiene bien sujeto y lo tumba boca abajo y sigue azotando.

            Flagelando al hijo el hombre se siente crecer, se siente libre y grande. Retrocede cinco generaciones y se convierte en el amo blanco, en el hombre blanco que domina al esclavo; se ceba golpeando, y el gozo le invade el cuerpo, le crece a cada golpe.     
            - ¡Treinta, padre, treinta! ¡Ya van treinta!

            El hombre se sorprende que el final haya llegado tan rápido, y de mala gana suelta al niño y le dice calmadamente, en forma casi rutinaria:     
            - Ahora vete a limpiar el colino.

            El niño se limpia de mocos y lágrimas con el dorso de la mano.     
            - Si, padre.

            El hombre camina a sacar los pescados del fuego. El bulto del pene rígido le molesta al andar: "Es el recuerdo de la muchacha": se oculta así que no es la esperanza del sexo futuro, es el placer de la violencia.


            El niño se baña primero para calmar el ardor de  la espalda, los muslos, las nalgas, luego toma el machete y se pone a limpiar la isla. Solo cuando el sol se ha puesto y la oscuridad es cerrada, se atreve a volver. El padre se ha comido los dos pescados, y ahora duerme con un sueño inquieto, se mueve, habla. El niño escucha atentamente, esperando descubrir el secreto de su rápida vuelta, pero todo es entrecortado, incoherente. Sólo logra entender "ten cuidado con el remoli­no": sigue escuchando, pero el padre da media vuelta y duerme con un sueño tranquilo y feliz en el que ordena a la hija de su compadre "¡Hínquese!";  y la muchacha se arrodilla, y él la viola treinta veces. 

domingo, 22 de octubre de 2017

CAPITULO 12- ¿CUANTO QUIERES POR TU HIJA?

12- ¿Cuánto QUIERES POR TU HIJA?

            Elombre recuerda: "Cuando la agarré de la muñeca y me la llevé hacia atrás de la casa, ella no gritó ni lloró; me miraba con ojos de miedo, y se dejaba llevar en silencio. No tuve que taparle la boca, ni obligarla por la fuerza; cuando la desnudé, ella sólo me miraba, no trató de resistirse; otras pelean o se ríen; con ella era como desnudar una niña pequeña que no supiera lo que yo quería. Sólo cuando la tumbé en el suelo y me eché sobre ella, tuve que apoyar las rodillas sobre sus muslos, hasta que el dolor la hizo abrir las piernas. Pero tampoco entonces gritó, ni lloró, ni intento defenderse; sólo me miraba fijamente, con  aquellos ojos asustados, enormes. Gimió cuando la poseí, porque yo fui el primero, y sentí el calor de su sangre en la ingle, pero tampoco entonces gritó, sólo aquellos ojos de miedo, hasta que me dio pena de mí mismo, y la levanté y la limpié el barro de la espalda y las nalgas, y la puse un peso en la mano, y se la cerré para que no lo perdiera, y la dije "no digas nada a nadie, o te mato". Ella seguía mirándome con aquellos ojos blancos de miedo y se tapó con la ropa sin vestirse, y se quedó inmóvil, hasta que yo me volví al pueblo".

            El hombre quiere volver a vivir el momento de la violación, pero las imágenes se le mezclan con la de otras muchachas que gritan, golpean o arañan, muchachas que arrastró a la selva con la boca tapada y que no dejaron de gritar y pelear mientras las poseía, o de aquellas que le buscaron a él para entregársele ansiosas, y aquellas que se resistieron al principio, pelearon mientras las desnudaba, hasta que poco a poco fueron cediendo y terminaron en un acto armonioso donde la lujuria podría confundirse con el amor. O la de tantas otras que fueron con él voluntariamente, deseosas de gozar las maravillas que oían contar del amor, se desnudaron precipitadamente, le embriagaron de caricias, para acabar llorando y resistiéndose ante su pene enorme y la brutalidad con que las tumbó en el  suelo para ser penetradas.

            Las imágenes pasan borrosas por su memoria, tantos rostros que no puede retener ninguno y sólo dos recuerdos se le quedan fijos: una sangre femenina que le salpica los muslos, y unos ojos fijos de miedo.

            También el viejo se pierde en sus pensamientos: "Apenas le vi desaparecer por la trocha hacia la casa, supe lo que iba a hacer, y atravesé desde la punta de arriba del pueblo caminando rápido para llegar a la casa, y él se la llevaba hacia atrás de la casa, agarrada de la muñeca. Yo les seguí para defender a mi hija; cuando él empezó a desnudarla vi sus ojos de miedo, y saqué el machete para matarle, pero no me atrevía a moverme de donde estaba; luego, cuando se le tumbó encima, pensé en acercarme por la espalda y volarle la cabeza antes de que me sintiera, pero bastaba una rama seca pisada, un crujido, y él me hubiera sentido. Me quedé escondido: oí cómo gemía mi hija cuando él la violaba, y cómo rió él cuando sintió el calor de la sangre, y me quedé quieto, escondido, pensando: si ella grita, voy en su ayuda aunque él me mate; ella solo gimió, y seguí pensando: si ella me llama, si pide auxilio, yo voy corriendo con mi machete; pero lo vi todo, y cuando él se levantó para irse y pasó cerca de donde estaba me quedé temblando de miedo, y sólo pensé cómo esconderme mejor, y me di cuenta que me moría de miedo de que él me viera, y que aunque mi hija hubiera gritado y llorado, y me hubiera llamado y pedido ayuda, sólo habría sido capaz de quedarme quieto escondido. Seguí allí después de que ella se fue, sin atreverme a moverme, y cuando llegué a la casa me senté y se me salieron las lágrimas al verla cocinando arroz y pescado para los dos, y ella vino y me pregunto: "Padre, ¿Qué le pasa?". Y yo no era capaz de  decirle que había visto como Elombre la violaba y no había hecho nada porque tenía miedo, y lloraba más fuerte, hasta que le dije: "Hay, hija, es horrible llegar a viejo". Ella me miró muy seria, y me habló como una mujer a un niño, y fue ella la que se puso a consolarme a mí: "Peor es no llegar, padre, y hay muchos que no llegan". Yo estaba demasiado triste,  porque si no hubiera sido tan viejo quizás no hubiera sido tan cobarde, y la contesté: “No es malo llegar, lo malo es haber llegado ya". Al fin ella me miró con ojos de dolor, y me dijo "No es tan terrible llegar a viejo; lo verdaderamente terrible es llegar a mujer".

            En el pueblo canta un gallo recordando que el  alba llega y espantando los recuerdos. Elombre se levanta para irse.

            La muchacha duerme vestida, tapada con una lona amarillenta. El hombre aguza la vista intentando detallársela en la oscuridad del rincón. Sólo consigue percibir la respiración profunda, y el olor a mujer. Pero recostado junto a la cama, semitapado con unos costales vacíos, el hombre descubre algo aún más valioso.     
            - Compadre, no me dijo que tenía un bulto entero de sal.

            El viejo siente que al fin han llegado al punto que esperaban, y las palabras le fluyen ahora fáciles.     
            - Lo tenía para ti, compadre.

            Elombre se estremece. Él se creía libre, seguro, sin que nadie supiera dónde estaba, ni pudiera ir por él, y ahora comprueba que hasta sus menores movimientos, lo que él cree más casuales, los tienen  previstos como si movieran los hilos de una marioneta.

            El viejo no abandona su hablar cansino.     
            - Pero un bulto de sal vale tres arrobas de pescado. Y tú sólo has traído una.
            - Pero tengo el pescado, compadre, mucho pescado. -Elombre  explota el hambre del pueblo-. Más pescado del que nunca nadie ha tenido en el pueblo.

            Los ojos del viejo brillan de codicia. El hombre lo ve, y sabe que vuelve a ser el vencedor.     
            - Te llenaré la casa de pescado. Venderás pescado a todos los del pueblo.

            El viejo recela, se retira a las sombras, y su voz, frente a la alegría artificiosa del hombre, refleja miedo.     
            - Y ¿Qué quieres a cambio?     
            - Me darás la sal -hay  una pausa tensa, luego, bruscamente-:
            - y la muchacha vendrá conmigo.

            El viejo tarda en contestar. Sabía que esto iba a llegar, pero no sabe cómo conducir el negocio. Mira hacia el rincón oscuro donde la muchacha duerme.     
            - ... Eso... Depende de ella.

            Los dos hombres saben que eso es mentira. Si el padre lo quiere, la hija se irá con el hombre. Podrá protestar, llorar, pero tendrá que obedecer; ella no tiene una casa donde ir, una tierra donde trabajar, una canoa donde pescar; cuando todas las cosas son de los hombres, las mujeres también son de ellos. Cuando las mujeres no tienen nada, tienen que vivir doblegadas al hombre que les da de comer. Sólo se trata de fijar el precio.     
            - Tu hija necesita un marido, un hombre fuerte que la domine y la defienda de los otros hombres. Tú ya estás viejo. A las hijas de los viejos nadie las respeta, son forraje de todo el pueblo.

            El viejo asiente con amargura. Dios ha sido particularmente injusto con las hijas de los viejos y las de los pobres. El recuerdo le quema, pero calla.     
            - Mira, compadre, tengo pescado, mucho pescado; y tanto maíz desgranado que la casa se me hunde del peso. Tengo todo lo que un hombre puede desear, y ahora necesito una mujer. Si ella se viene conmigo, nunca más tendrá que aguantar hambre.

            El viejo sabe que lo que el compadre dice es la pura verdad. Pero él no va a desprenderse de su hija como si le hiciera un favor al llevársela. Todo tiene su precio.
            - No puedo dártela, compadre. No voy a quedarme solo.
            - Y te daré quince arrobas de pescado. Serás el comerciante del pueblo; los comerciantes se acuestan con todas las mujeres del pueblo.
            - Mujeres para un momento. Yo ya soy viejo. Necesito una mujer que me cuide, que trabaje para mí -el viejo está feliz. Quince arrobas de pescado es más de lo que vale ninguna mujer, por joven y fuerte que sea. Pero debe mostrarse disconforme, y tal vez pueda aumentar aún más el precio-. Una hija debe de cuidar al padre hasta que se muera, no dejarlo solo como un perro.
            - Cualquier día de estos te va a dejar solo; se largará con su macho, o te la sacará a la fuerza.

            El viejo sabe, pero calla. Elombre tiene prisa.     
            - Mira, compadre, quieres ganar mucho, y así vas a perder todo. -Hay un matiz de enojo en la voz del hombre; a él no le importa pagar, pero no quiere que le roben como a un pendejo-; te daré cinco arrobas más, y es todo.

            Por solo esas cinco arrobas el viejo hubiera dado a su hija. Se la hubiera dado gratis, sólo por quitarse el ser burla del pueblo cada vez que un hombre la usaba sin que él pudiera darse por enterado. El viejo comprende que el precio ya no subirá más.     
            - Está bien, compadre, llévatela. Te la doy porque tú eres mi compadre, mi amigo, y un hombre bueno. Tú la vas a tratar bien. Y en verdad que la necesitas más que yo.

            Oculta bajo la cobija, la muchacha escucha inmóvil, medio dormida aún. Un hombre u otro hombre, un pene u otro pene, un rancho u otro rancho, qué más da. Lo importante es tener un hombre que la dé de comer, que la defienda de los otros hombres. Cuando ella para los hijos, él se sentirá orgulloso de ser tan macho, y la tratará bien. Ella siempre ha querido tener muchos hijos. No sólo para ponerles a trabajar para ella y que la cuiden de vieja, sino porque le gusta cargar los bebés. Cuando era aún niña y la dejaban cuidando los niñitos de la casa, ella se sentía feliz; le gustaba cambiarlos, darles el biberón, y cuando lloraban les metía en la boca el botón naciente de su pecho hasta que se le quedaban dormidos entre los brazos; eso sólo lo hacía cuando estaba sola y los niños eran bebés, por miedo a que no entendieran que estaba jugando a ser mamá. Ahora, cuando Elombre la dé hijos, los pechos se le llenarán de leche, y ella les dará de mamar esa leche que viene de dentro de ella.

            Ya no tiene miedo a Elombre. Cuando él la agarró de la muñeca para llevársela a la selva, ella no pudo resistirse; era como oponerse a la fuerza profunda del río. Sólo pudo mirarle con ojos de miedo. Le odió cuando le causó dolor al abrir su hueco de mujer; pasó mucho tiempo escondiéndose cada vez que un hombre se acercaba a la casa por la vereda del cementerio. Cuando la violaron por segunda vez, ya no sintió tanto miedo; y cuando la mayor parte de los penes del pueblo pasaron por el hueco que Elombre había abierto, se convenció que no era mejor ni peor que los otros hombres, simplemente un hombre, y los hombres son así, y a las mujeres no les queda sino resignarse a la desgracia de ser mujeres. Otros hombres fueron peores que él, la golpearon antes de poseerla, simplemente porque les gustaba golpearla, y otros fueron mejores y la trataron con cariño y la dieron más plata, al final todos la poseyeron igualmente, y todos la amenazaron si los delataba, pero nadie poseía la fuerza poderosa de Elombre, la fuerza a la que nadie se podía oponer, como la fuerza con que Dios engendró el mundo sobre el caos de las aguas. Ahora la dará de comer, la defenderá de otros hombres, y ella cuidará sus hijos, ese es su destino de mujer, así ha sido siempre, así será, y no sirve de nada oponerse. Y ella será una buena mujer, no le engañará con otros hombres, no le robará. A ella no  tendrá que machetearla  y dejarla tirada en la milpa para que se la coman las hormigas.

            El negocio ha terminado, y el hombre se va. Sin decir nada. Como si ya lo hubiera pagado, toma el bulto de sal y lo coloca en la champa. El viejo sale hasta la puerta y le alarga el canalete.     
            - Va a amanecer. Vete ya, compadre.     
            - ¿Y la muchacha?     
            - Ya te llevas la sal -el viejo, en la entrada, parece defender la puerta-. Cuando me traigas el pescado, te llevas la muchacha.

            El hombre podría llevársela a la fuerza, pero su champita  es demasiado pequeña para dos pesos tan grandes, y no está en situación de pelear.     
            - Vete, compadre, antes de que te encuentren y nos maten a todos.

            El hombre rema alrededor de la casa, sobre el colino amarillento, medio podrido de la inundación. Al pasar frente a la puerta que da al río, el viejo le grita:
            - ¡Acuérdate bien! ¡Son veinte arrobas de pescado!

            El hombre rema aguas abajo, en la corriente rápida del río crecido.